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Imposible pensar de otra manera

Me gusta su altanería. Es una fascinación ver ese semblante fantasmal, y aún más escucharla. Sus ojos grandes y expresivos no fueron más que dos simples órganos enmarcados por lápiz negro que reflejaban la demencia a finales de los 90. Parecía que ya nadie recordaba a esa mujer de figura envidiable y cerebro de ingenio que hizo desatinar, por amores y desconfianza a la hora de escribir, a muchos de su época.

Durante años el actor Miguel Romero la personificó en televisión en un programa llamado Desde Gayola y mucho del público considerábamos transgresor el proyecto en un México aún ilusionado con un cambio por la transición en el poder. Eran los primeros pasos del siglo XXI, los primeros también sin Amor; sí, con mayúscula. La idea de Horacio Villalobos y su equipo trascendió y creció de tal manera que llenaba auditorios como aquellos años en que los teatros ofrecían hasta cinco funciones al día. Se trataba simplemente (pero no por ello dejaba der ser complejo de ejecutar) de ridiculizar situaciones doblemoralistas de la vida cotidiana en el país: el aborto, vivir en el clóset, la riqueza incalculable de la Iglesia y la denominada “gente bien”.

Entre emisión y emisión, en voz del histrión retumbó un “la matemática fría, la distante geografía, el álgebra desquiciante, la alquimia desconcertante (…)” –un tono en ascenso- “el deporte de la lumbre que es de los juegos la cumbre. Nunca podrán igualar”  -breve pausa- “al deporte de pensar”. Mentiría si dijera que de inmediato supe quién era, pero no tenía noción; incluso imaginé que se trataba de un personaje más de la temporada. Era el actor recitando una de las obras de Pitita preciosa, como en otros segmentos la llamaban. Más adelante la atracción siguió con fragmentos de Letanía de mis defectos, El manequí y Me doctoré, entre otros. El click con las nuevas generaciones hizo efecto.

“Esa manera tuya de tener gustos tan exóticos” dijo mi padre cuando se le ocurrió preguntarme qué quería de regalo por el último Día de Reyes que recibiría -y escogí un ropero caro, pesado y estorboso, pero de buena estética- ese reproche me saltó a la mente cuando descubrí a la verdadera Pita Amor en un programa. Unas manos arrugadas repletas de anillos y accesorios hacían ademanes cuando recitaba Las olas y Los cielos “cielos sin fiiiiin a la vista”, el cabello corto y teñido adornado con flores de esa mujer causaban curiosidad. La entrevistaba una joven y nerviosa Ofelia Medina en sabrá Dios qué año. Se trataba de la repetición de un programa que tomó Canal 40 como programación de madrugada que pensé nunca volvería a ver. Tal vez preferir ver televisión a las 2 de la mañana porque sí, escuchar música y tomar café en ese y no otro horario en vez de salir a fiestas era lo que a don Jorge (mi papá) era lo que le parecía raro de mí. Supongo que su dicho se reforzó cuando escuchaba venir la voz de Pita desde mi recámara.

Tan cálida recitando Suave Patria, de Ramón López Velarde y tan soberbia al hacer lo propio con su obra (“mi poesía es el origen del mundo, de la sangre y de las arterias”), era una adicción leerla con su voz metida en la cabeza. Luego sabría que mucha de su poesía estaba basada en sus interrogantes por el origen de la vida, la idea de Dios, de sus mismas contradicciones. Cualquier alusión a quien se autodenominaría La dueña de la tinta americana era carne fresca para mis sentidos; el arte con la palabra como herramienta me resultaba la más bella de sus seis hermanas porque, sin saber de composición de literatura, movía/mueve sentimientos, en especial cuando, con el pasar de los años, se identifica con la idea egoísta y sincera de Yo soy mi propia Casa o cuando tutea a Dios adjetivándolo como una “invención admirable hecha de ansiedad humana”.

El erotismo puesto al frente en Otro libro de amor era un regocijo para sus detractores, quienes señalaban, especulaban y fantaseaban que ella no era la autora sino la imagen de sus textos. Cómo era posible, decían, que una mujer con pinta de actriz y que gozaba pavonearse en vestidos de tela casi transparente en eventos socialité de los años en que México era aún ultra conservador escribiera tales cosas al regresar a casa; era Alfonso Reyes, afirmaban. Nada más machista. La versión se descalificó hasta la muerte de él y el progreso de ella sin esa figura detrás, abriéndole paso a las mujeres en la Literatura a través de una libertad sexual envidiable.

El repunte duró unos años; no obstante, fue la pérdida de su único hijo el detonante para frenar su estilo de vida. Emmanuel, Manuelito, murió con menos de dos años al caer en una piscina. Si para la autora el embarazo y la cesárea fueron un martirio, el deceso del producto de la relación entre ésta y un abogado primo de Juan José Arreola significó el declive y el inicio de su demencia temprana. Alucinaciones, temores y espectros la rodeaban. “Si a mi hijo hubiera evitado ya era bestial mi pecado. Pero yo no lo evite: vida le di y lo maté”.

Décadas de silencio vinieron y desembocaron en un deambular por la calles de la Zona Rosa, el Soho mexicano donde vivían y gestaban los artistas. Una Pita amargada, intolerante y grosera repartía, sin ton ni son, bastonazos a quienes osaban acercarse a ella ¿cómo un hijo de gata se le acercaría a la undécima musa? ¿Cómo tocar a quien no se podía definir, algo así como cuando no puedes definir los cataclismos, las hemorragias de sangre ni el Universo, siendo una persona común? En cambio, ella se acercaba a la gente con poemas, libros y dibujos de su autoría. De acceder a la compra, se obtenía el beneplácito de su sonrisa; de lo contrario, una ofensa era segura.

De no ser por el rescate motivado por la admiración que Patricia Reyes Spíndola y uno de sus amigos al llevarla al emblemático edificio Vizcaya en la recta final de su vida, probablemente hubiera muerto en el olvido. 18 minutos de aplausos en Bellas Artes le devolvieron la vida en un homenaje estructurado a sus exigencias: vestida de zarina sobre un carro alegórico digno de su linaje y sonando El Danubio Azul, vals que para ella era el mejor jamás escrito; además, pétalos de rosa cayendo desde el techo y donde las mejores actrices de México intentaran –y solo intentaran- leer su poesía.

Histérica, loca y desquiciada, quedó para la eternidad ya sentenciada; dueña de sus pestañas y sus lúcidas hazañas; la que de niña fue graciosa; de adolescente, llorona y en su juventud, cabrona. En polvo, ya siendo creatura sin piel y suplicando otra piel que liberte ese cuerpo escarnecido, todo morirá cuando su recuerdo muera. Imposible pensar de otra manera.

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Artículo publicado originalmente en https://aulaintercultural.org

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