domingo , agosto 19 2018
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Hay días en los que solo necesito una cosa

Tengo una amiga con la que debo utilizar el diccionario y la búsqueda de imágenes de Google para entender todo lo que me cuenta a mí y a muchos a lo largo de años y años.

Es mi amiga porque luego de constantes referencias de ella decidí que así lo fuera y porque apoyo que la llamen la guapa de Cádiz. Me cuenta que ella piensa que en la capital reina una gracia tan fina que hasta las gallinas cree que ponen los huevos con sal; que cuando joven, por su pobreza vendía de todo: tabaco, aguardiente, sardinas y tomates, pero que luego le sobró el dinero y la cosa cambió. Cuando escucho esa historia de manera tan rápida y sin titubeos pienso “¡carajo! pareces una rapera muy adelantada a tus tiempos”. Le hablo de tú aunque me lleve décadas de diferencia en edad.

Ya más seria y en confianza se pone un velo negro cuando recuerda cómo fue el duelo por la muerte de un ícono literario de su país de nombre Federico, y cuyo talento era la poesía; lo mataron en Granada, dice con cierto coraje. Con dolor me describe esa tarde de verano, donde todos los lugareños recibieron como una puñalada la noticia. “En la palma de sus manos como un niño lo traían”, llora y me deja boquiabierto de ver la pasión con la que habla.

Luego del aquél dramón, sonríe y me dice que en algún tiempo había quienes decían que ella ni cantaba ni bailaba, pero que alguna vez alguno de esos críticos que la atacaba no podía evitar decir que a pesar de esas carencias no podían perderse sus actuaciones; en una de tantas se le perdió un pendiente de oro luego de bailar, como Dios le dio a entender, el final de una canción de José Alfredo Jiménez que adaptó al flamenco. Hace mucho tiempo -hace “musssio”, pronuncia ella- le provocaba éxtasis y los objetos volaban; no había de otra, era parte del show.

¿Sabes quién es don Samuel?, me pregunta. Puesto que no sé qué decirle, me dice que es un judío muy viejo, muy fino y que sabe mucho el indino. Es quien da la cara a  nombre de un señor especial que tiene caballos, palacio y un barco, y que además tiene tres novias en diferentes lugares, a quienes les ha puesto de compañía a señoras viejas para que les haga compañía. Nunca menciona su nombre, pero le pidió que luego de recibir un telegrama de asunto urgente, irse a la vela con mar de poniente, encargo que la pone contenta porque llevará un cargamento de tabaco y de ron a Almería –ARmería-, le entiendo en un principio, luego capto que el algunas palabras pronuncia la “R” por la “L” . Si la tarea se cumple, recibirá dinero que usará para casarse una vez de vuelta a casa. “Es muy caballero el tal don Samuel” me dice un par de ocasiones más.

Intrigado, averiguo cómo anda de amores. Antes de adentrarse bien al tema me advierte que a su consideración el amor es lo más grande de la vida; el amor a la familia, el amor “amor” y el amor de la amistad, sólo que con ésta última hay que tener un poco de reparo porque cuando crees que tienes una amiga íntima, te quiere arrebatar lo que más quieres; es entonces cuando tienes que decirle “¿ah sí?, ¿tú lo quieres para ti” ¡Pues te lo regalo, amiga mía!” Resignada, le advierte que no se confíe de ese hombre que, aunque atractivo y todo un señor, no intente sujetarlo a su corazón puesto que , como a ella, le mentirá, le será infiel y le dará excusas cuando llegue tarde y cansado”. Me quedo callado y dejo que suelte vez tras vez unos dolidos “pa’ ti, pa’ ti, pa’ ti por siempre”, deslindándose del alacrán que se había echado por pareja.

Segura de su grandeza, asegura que si la ponen en el Nilo, Buenos Aires o en Brasil, conoce el estilo y la forma de aplaudir de cada uno, aún con una venda en los cliso. Supongo que esos países, y como tantos otros, a ella también la reconocen. España de su alma la echa al frente para representarlo. Su sangre mora, de jerezana de la frontera, la enaltece y la envuelve porque no es con su canto la que pone al mundo en pie, es que el país de cantares está adelante donde quiera que ella esté.

Me doy cuenta que los años no pasan en vano y veo su fragilidad aumentada por el cáncer que la ha aquejado por tanto tiempo. No obstante, decidida y con un gran ánimo desafía a la muerte toreándola y burlándose de ella. “Cógeme, torillo fiero, cógeme”, la reta y le demuestra que a pesar de los malestares, le quedan ganas de vivir y de bailar. “Que tengas cuernos a mí me importa un pito”, remata. No puedo dejar de pensar que algo de ese coraje me serviría para ser más valiente, y eso que mis “problemas” son ridículos.

Respiro, y como no queriendo omito dos de sus glorias para no caer en lugares comunes y elogios que ya mucho habrá recibido con el pasar de las generaciones. Solo pienso en el orgullo que debían sentir sus contemporáneos cuando la escuchaban y veían las actuaciones en vivo de A tu vera y Pena, penita.  Lo que no puedo pasar por alto es decirle que yo,  al escuchar Torbellino de Colores y tal como José María Pemán, estoy seguro que no hay en el mundo una flor que el viento mueva mejor como se mueve ella.

Sí, hay días en los que solo necesito una cosa: llegar a casa y escuchar a Lola, la Lola Flores; la Lola de España.

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