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Hacer lo correcto

 

Desde la revolución sexual, parece que nos hemos vuelto máquinas de follar imparables sin abastecer. No hay pene o vagina que nos baste, buscamos comer cada día más carne y desarrollamos la habilidad de follar sin mezclar sentimientos.

Esa característica siempre me ha enorgullecido. Me he vuelto una mujer que goza de su cuerpo sin remordimientos ni estereotipos.

Dijera Mark Ruffalo en la película que protagoniza sobre la homosexualidad “The normal heart”, sufrimos hasta un “cáncer gay” por vivir en la promiscuidad desde la mítica década de los 80.

Aunque ese mal era una poderosa enfermedad llamada Sida, el hombre (y las mujeres) no ha dejado de fornicar. Si no lo detuvo ni el temor de perder la vida, menos lo detienen conceptos triviales como el traicionar a su familia o amigos.

En ese punto de la vida cuando ya te da igual acostarte con un pene o una vagina, llega alguien que te recuerda que todo tiene un límite.

Un amigo a quien conoces en el cine. Con quien te pareces físicamente, con quien tienes gustos afines y a quien imaginas en cada comida familiar, provocándole sonrisas a tu preocupada madre ante la soltería que te impera alrededor de los 30.

Alguien a quien le dedicas tres masturbaciones diarias, imaginando que te desea de la misma forma que tú. Que siente la misma tensión sexual que tú cuando accidentalmente, roza su mano en tu rodilla desnuda.

Pero ese alguien no es perfecto, te hace enojar cuando suele ser egoísta y necio, los mismos gestos que tú tienes con los demás.

Aún así recuerdas que todo lo anterior, como burdas opciones de examen múltiple, no sirven porque ha decidido, en una infinita ceguera, compartir su vida con alguien más.

Y la ves desangelada, enana y sin chiste. Pero sabes en el fondo que, lo que duele, es que la quiere y aceptas, con arrogancia, que algo debe tener para que él esté ahí su lado.

Pero como hace el VIH con un homosexual, nada te detiene para seguirlo queriendo con tu propia forma del agua y prefieres no frecuentarlo antes con el firme objetivo de no enamorarte.

Luego te escribe para decirte que te dará una noticia.《Que haya terminado con ella, por favor》sin embargo no, te dice que se va a otro estado a continuar su vida, esa que lleva sin ti.

Aceptas con gusto despedirlo de la única que sabes: haciendo lo correcto. Lo abrazas y le pides que no se vaya. Desde luego, él no capta que lo dices en serio para que se quede todo el presente contigo.

Imaginas que al dejarte en casa, le robas un beso para disculparte y asegurarle que siempre lo quisiste hacer y que te has tocado con solo pensar ese momento. La verdad es que no, que igual has imaginado su miembro dentro de ti, pero vamos, eso le quitaría lo romántico al momento.

Y otra vez, la verdad es que solo bajas del auto, lo abrazas y le dices adiós. No por débil, no por miedo, simplemente para hacer lo correcto, para no romper tres corazones.

Ansiosa estás por ver qué dicta el destino, pero siempre con la melancolía de no haberle conocido antes.

About María Fernanda Soto Aguilar

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