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… habría querido ser parte de la historia de mi C…

Soy Buga, la columna de GustavoT

Mi amigo C, a quien quería mucho, conocía muchas historias de mujeres y hombres, pues no sólo tenía muchos amigos, sino era de las confianzas de cada uno de ellos, por su discreción; no obstante, en nuestras largas conversaciones, me platicó algunas de las vivencias ajenas a las que tuvo acceso.

Días hace que manejaba hacia casa e inexplicablemente recordé una de sus historias que se refería a R, un conocido suyo cuya amistad no valoraba, porque le desagradaba su forma de ser: gustaba de presumir de sus conquistas. Hablaba y hablaba de sexo con mujeres, pero llegaba al bar gay al que C acudía.

Era un sinsentido, decía C, porque: -Según él tenía una amiga-novia. La iba a ver diario, pero después de verla pasaba a ver a su novia o a otra “amiguita”; dos o tres veces a la semana –sin incluir sábados y domingos– tenía sexo con ellas en el auto, afuera de su casa, en la cocina, en la sala o en la recámara, ya fuera en casa de ellas o en la suya. Muy cogelón, el güey…

Y continuaba, C: -Decía que iba al bar solo a tomarse una o dos cervezas, para irse a dormir tranquilo a casa, pero ¡ni madres! Un día, cuando esperábamos la V y yo, a que trajeran el auto en el estacionamiento, lo vimos que salía con un amigo nuestro. Conociéndolo, pensamos que se irían al hotel…muy su pex.

-Otro día, fuimos a otros bares y cuando llegamos al de la Zona Rosa, ya entrada la madrugada, lo vimos que salía con otro. Dos o tres veces más, lo encontramos; no siempre salía con alguien, pero las veces que ocurrió, iba con diferentes personas. Ya luego, nos enteramos que, efectivamente, se iban a ponerle. Hasta guagüis se aventaba.

Me sorprendió que se expresara de esa forma, porque no lo acostumbraba, pero me explicó que le desagradaba que se dijeran muy hombres, cuando “todas sabemos las colas que tienen”.

El ruido del intenso tránsito de diciembre interrumpió la evocación de mi C. Desesperé del tiempo perdido y decidí esperar en un pequeño local de venta de café, cuyo acierto fue, desde hacía mucho, hacer figuras en la espuma casi al borde de la tasa. Esperaba por un pan cuando vi el mensaje en mi cel de una guapísima (como dijera C) amiga, a quien conocí en los primeros grados escolares.

Recuerdo que éramos muy juguetones. Compartíamos pupitre y la maestra nos llamaba la atención por jugar tanto. Me agradaba estar con ella. Y en la nebulosa memoria, sé que no podía enojarme con mi C; incluso, no lo hice la vez que con un lápiz me picó en la zona del lagrimal del ojo derecho. Llegué a casa e intenté ocultarlo, pero las mamás que siempre revisan a los menores, detectó la lesión.

Era conversación común que mi madre hiciera remembranza del episodio: Me preguntó qué había pasado y le respondí que nada. Pasó todo el día y pensé que lo habría olvidado. A media mañana, alguien tocó a la puerta del salón y al voltear vi la inconfundible figura materna. Me molesté, porque sabía a qué había ido; me mandó llamar la profesora, revisó mi ojo y llamó a C. Al saber que ella era la autora de la casi mortal agresión, mi señora madre desistió de cualquier reclamo.

Me agradaba estar con las C. Mi amigo y mi amiga, de diferentes tiempos. La C femenina (la otra C tenía sus mismas afinidades sexuales), la llevé conmigo a lo largo de mi vida. Evidentemente, no fue de manera cotidiana, pero estaba en mi pensamiento: La recordaba con mucho cariño.

Desconozco si fue enamoramiento infantil, pero siempre me gustó mi primera C. En la secundaria me habían dicho algunos compañeros que era muy popular. Se había puesto muy guapa. Pensé en distintas ocasiones buscarla en su casa –la conocía, porque jugábamos en la calle; iba yo desde la otra colonia para estar con ella–  pero preferí mantenerla de ese modo en mi memoria. Alguna ocasión la vi desde mi camioneta, pero no me atreví a hablarle.

Con la nueva tecnología pude retomar el vínculo, al tener amigos comunes. Hace unos meses, ocurrió que nos tomáramos un café; las horas que estuvimos juntos sentí que fueron apenas instantes. Me agradó volverla a ver. Y sí, sigue guapa, luego del tiempo transcurrido, lo cual se suma a su buen humor.

Entre las historias que nos confiamos quedó en mi memoria una relación que sostuvo con un compañero de trabajo. Era algo así, como:  -Tenía un novio. Era del trabajo, más chico que yo; me gustaba en la cama –era muy bueno–, pero quise terminar la relación al sospechar, tenía duda sobre su preferencia, dijo.

No quise preguntar más, pero supongo que vio mi rostro y agregó: -… porque era 0 cariñoso… siempre veía a los chicos; los veía desde que venían y hasta perderlos de vista. Se notan las miradas y muchas veces, pueden ser lascivas sin ser dirigidas a una mujer… Nunca lo aceptó.

-Era guapo, a secas. Anduve con él, porque me gustaba; no fue nada serio, sino el placer de un cuerpo bonito; así como ustedes, que muchas veces lo hacen por acariciar, por poseer, un cuerpo femenino. Me parecía buena persona y hasta los momentos antes del sexo llegaron a ser agradables, pero algo tenía en su mirada al ver hombres.

Me pareció reconocer lo que decía en las formas de C y otros compañeros que conocía. Continuó: -Recuerdo que en las conversaciones, me decía que iba a un bar en la Zona Rosa, a ver a un amigo, un Oso, a quien quería mucho. Me llamó la atención, pero no le di importancia. Ya luego, aunque él no quería, decidí terminar la relación.

Perdí la pista de la conversación, porque recordé lo que me platicó mi otra C. Sé que no tenían un vínculo pero, inevitablemente, los relacioné:  Ambos compartían el mismo nombre, la descripción física no coincidía en su totalidad, pero en lo general, parecía que sí, como el tipo de persona, color de piel, forma de vestir.

Empero, lo que logró que mi psique relacionara a la misma persona con mi C, fue que una vez le dijo R a C que venía de ver a su amiga (obvio, había tenido sexo), y venía de dejarla desde la zona en que vivía mi amiga.

Alguna vez en que fui al bar me lo presentó e hizo un ejercicio de memoria de la ocasión:

-¿No lo recuerdas? Fue la vez en que te dije que me esperaras, porque iba al baño. Sí, fue la perra que te dijo que si la llevabas, que vivía por tu casa, por las Torres de Satélite, dijo C, indignado. –Claro que lo recuerdo. Y sí, le iba a dar un ride, y me dijo que mientras se despediría de unos amigos, pero llegaste, te comenté y te encabronaste… Casi me sacaste a empujones…

-Claro. La muy perra vive por mi casa. Lo que quería era plancharte el traje…, dijo molesto.

En el mismo ejercicio, sin estar cierto, la vez que vi a mi querida y guapa C, fue cuando iba acompañada de alguien, parecido al que conocí con mi C.

Me habría gustado ser parte de alguna de esas historias… de mi primera C, claro.

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