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… esperar lo inesperado…

Soy Buga, la columna de GustavoT

Otra insistencia insistente:  Coincido con quienes me han dicho que ceder ante el acoso puede ser una elección de la víctima. Importante el respeto que las personas puedan darse a sí. Hombres y mujeres; me refiero al género, no a la preferencia. Difícilmente alguien lo hará por el otro si existe un interés en medio de ese vínculo.

Estoy cierto que las relaciones humanas son relaciones de poder. Una parte es quien detenta mayor espacio. Ambas, eligen –de manera obligada o propia– el rol a jugar: Los juegos que la gente juega.

En conversaciones con amigas de no mal ver me enteré de un caso que llamó mi atención: el acoso entre iguales.

M es delgada y guapa, con un puerquecito que invita a pecar. Antes, según me dijo, estaba mejor (no imagino, porque es muy atractiva), ya que hacía más ejercicio. No entraré a su descripción física, porque además que me pidió no hacerlo, es fácil de identificar, ya que aparece en medios de comunicación. Respeto su decisión.

No obstante, puedo escribir que es poco más alta que la estatura media, talla 5 (llena bien los pantalones en las zonas de miradas), sin abdomen abultado, nariz respingada, ojos medianos, cabello corto, cuello alto, sonrisa agradable. La voltea a ver uno, pues.

Cuando trabajaba en el espacio de los espectáculos tenía un compañero de otra sección, quien comenzó por acercarse para conocerla. El chaval no era mal parecido, pero ella no pretendía llegar a algo más con él.

De pronto, se aparecía en su lugar, bajo el pretexto que pasaba por ahí; luego, le comenzó a llevar un chocolate, galletas o cualquier cosa. “Me acordé de ti”, le decía. Por no ser grosera, lo aceptaba, pero lo que le traía lo dejaba en el escritorio.

Cuando llegaba o salía del trabajo estaba allí. La esperaba diario al salir: -No sé cómo sabía a qué hora terminaba mi labor, porque no tenía hora fija, pero estaba ahí diario. Me decía si me acompañaba a mi casa, si íbamos a tomar un café o a cenar, pero era mucha su insistencia.

Estaba frente a mí, pero era como si no estuviera. Su mirada quedó absorta en su vaso de cerveza, como si trata de adivinar cuál sería la burbuja que reventaría, pero por su expresión, parecía que revivía lo que le ocurrió en ese período de su vida:

-Era tal su presencia que llegué a acepar salir con él, pero iba de mal humor; no me sentía bien, no me agradaba; me desagradaba estar con él. Me molestaba. Incluso, cuando llegaba a alguna reunión laboral en otros espacios, él estaba ahí, esperándome, lo cual me hacía sentir coraje ya, en su contra. Le pregunté a mi jefe, a su asistente y a quien sabía a dónde iría a trabajar al día siguiente, si le decían a él o a alguien de mis actividades, pero nadie sabía nada.

Sentía que me molestaba y no era nada agradable. Fueron unos ocho o diez meses que sufrí esta situación. Llegó a ocurrir que afuera de mi casa me encontré en más de una ocasión a uno de sus amigos, quien no vivía cerca, porque uno conoce a los vecinos.

Mi novio de ese entonces me pedía saber quién era, pero no quise involucrarlo, porque además que yo debía enfrentar y resolver, no quise generar un enfrentamiento, ya que mi papá también se enteró; querían meterse y hasta golpearlo; tenía miedo de cualquier cosa que pudiera ocurrir. Sufrí mucho.

Traté de interrumpirla para que no se malviajara, pero no escuchó una broma sobre que tuviera sexo con él, que supuse era lo que buscaba:

-Me escribía cartas. Si salía de viaje, me enviaba correos o me traía cosas. Un 14 de febrero, me obsequió un reloj que yo quería, que me gustaba!!! No entendía cómo se enteraba, pero después supe que preguntaba a mis amigas sobre mis gustos o lo que quería para el día de mi cumpleaños.

Era tal su vivencia que comenzó a somatizar, pues en veces se rascaba la cabeza, se acomodaba el cabello o buscaba nada en su bolsa. Tomé mi vaso y lo coloqué frente a ella. Pasaron unos minutos para que se percatara de eso. Chocamos los vasos y traté de cambiar la conversación, pero parecía que vomitaba palabras:

-Eran tantos sus regalos que llegué a tomarlos y frente a él los tiraba a la basura. Las veces que me tocaba un brazo o mi mano, sentía repulsión. Un día, estaba afuera de la casa de mis papás, en el coche de mi novio en pleno tocamiento de labios. Recuerdo que la mano de mi novio estaba entres mis senos y nos besábamos. Era noche lluviosa que no me permitió ver con precisión, pero juraría que era él.

Al día siguiente, ahí estaba, en espera… de mí.

Ya tenía miedo: Miedo a él, miedo a mí, miedo a lo que pudiera pasar…

Usé distintas formas para evitar su encuentro, como salir del trabajo acompañada de compañeros, pero me seguía de lejos; en una ocasión, se atrevió a ponerse frente a mí y me dio un ramo de flores. Le sonreí y agradecí. Unos pasos caminé y lo tiré en el piso, para que se diera cuenta.

Después, las llamadas a mi casa a deshoras. Era el mudo, porque nadie respondía y sólo se escuchaba una fuerte respiración. Mis papás no respondían, porque yo era quien tenía en mi recámara el teléfono. Luego, no podía dormir; cuando me ganaba el sueño, sonaba otra vez el teléfono. Tuve que desconectarlo, con la preocupación de que no pudiera recibir una llamada de emergencia por algún familiar.

A  cada lugar al que acudía tenía la preocupación de que apareciera. La paranoia me hacía verlo en personas que confundía con él. Al acercarme, veía que no era él. Me tranquilizaba, porque no lo veía… Después, aparecía a lo lejos.

Una ocasión, al salir del hotel en el coche de mi novio, estaba de pie en la banqueta; traía en sus manos un ramo de rosas rojas. Me enojé. No! Me encabroné!

Quise poner fin a esta situación. Dejé fluir los instintos y pensé en lo peor para hacerle. Confieso que quise solicitar la ayuda de un amigo para que lo golpearan. Le llamé y me dijo que sí. Después, me arrepentí y le pedí que no lo hiciera. Tampoco hablé con la gente del trabajo, para que lo corrieran.

No niego que pasó por mi mente la forma más fácil de acabar con la situación: Ni soy así ni creo que la violencia extrema sea la mejor manera.

Tuve la idea de tomar unas vacaciones muy largas, sin que nadie supiera, ni mi familia, a dónde me iría. No la consideré, porque no debía huir, sino enfrentar el problema.

Decidí prepararme para, dijera un amigo, esperar lo inesperado. Sí, en mi bolsa portaba aditamentos que podrían ser de utilidad. Afortunadamente, no fue necesario su uso, aunque sí aprendí a utilizar lo que traía, porque fui a campos para practicar. Y agradecí a mis padres haberme dado las herramientas de defensa personal.

Le quité poder sobre mí. Sin pensarlo, de manera paulatina, le había dejado entrar a mi mente, a mi cotidianidad. Yo era quien permitía el acoso.

Determiné retomar mi vida y la regresé a la normalidad. Claro, con la tranquilidad de las herramientas referidas:

Siempre pendiente de la proximidad, anduve por mis espacios sin que existiera. Ni las llamadas o su presencia física me afectaban. No le di posibilidad alguna de acercarse otra vez. Nunca supe cuándo desapareció, aunque siempre alerta de quién está a mi alrededor.

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