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… eres tú quien provoca lo que ves…

Es el momento. Avanza y controla los movimientos de unas extremidades cuya visión podría ser casi perfecta, pero no es así.

El juego debe ser diferente cada vez.

Fue una tarde de acuerdos y por eso evitamos el uso de palabras. El contacto corporal tampoco es una opción. Tú debes ver lo que quiero en ti y hacer conmigo. Yo solo debo estar atento al ir y venir de la dermis al inhalar y al dejar ir.

Si hay un término para describir la visión estoy obligado a usar solo ojos y miradas. Posarlas en cada uno de los pliegues formados en la piel expuesta.

Acercarme lo suficiente para entender el picor del aroma nacido y desprendido, atraparlo en breves ensoñaciones y conminarle a saciar este maldito deseo de besarte, atraerte, obligarte a murmurar para mí esos deseos tan tuyos. Inexistentes. Humedecidos de los labios en mi boca y no los propios de tu rostro ardiente con el carmín intacto.

Un algo de viento logra colarse en la habitación humedecida de todas estas ansias y se acerca para acariciar mi rostro, el interior de tus piernas… la envidiable posición de la tela.

Extiendes los brazos. Incitas, invitas, exiges.

El cabello recortado de la nuca surge erizado y la copa de vino, olvidada, se abandona también al deseo de ti.

Una lengua esperanzada, la ondulación del cuerpo, el interminable retar y resistir de tus pechos apenas cubiertos y la bendita visión de tus caderas trepidantes justo ahí: al alcance de un beso y a millas de distancia.

Pero el juego debe ser diferente y tengo la obligación de limitarme.

Tú continúas.

Deseo. Respiro con dificultad. Las amarras debilitan y el esfuerzo empobrece, pero la sangre no obedece razones y sigue recorriendo kilómetros y millas y años luz en el cuerpo y dentro del mismo.

Los muslos surgen. Se muestran heroicos y en apenas segundos, sumisos, se separan.

Usas el liguero negro, pero no hay interiores y los ojos agradecen la visión en los míos que observas satisfecha de saber que eres tú quien provoca lo que ves.

Desconozco la hora de este día y todos los tiempos se han detenido en mi parte favorita.

El exquisito detalle resulta agobiante en el pecho, puedes confirmarlo sin duda. Puedes tocar cómo me siento al saberte, al caer en la cuenta de los pocos segundos que separan mi piel de tu boca y tus labios de los míos.

Estoy a punto de romper la promesa de silencio. El autocontrol mengua de a poco.

Es curioso: la tarde hizo lo propio con el sol y huyeron al otro lado de la tierra para seguir eternamente juntos y yo adoro estos finales porque siempre resultan ser inicios.

Nosotros ahora lo somos y la mejor parte es esa incoherencia tan nuestra respecto a los acuerdos…

About Alejandro Evaristo

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Artículo publicado originalmente en: https://www.forbes.com/ escrito por Ashlee Fowlkes

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