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Del sexo lésbico

Buga es la palabra con la que contestan los homosexuales a los heterosexuales por decirles gays o lesbianas; cuando escuché este término y otros conceptos más, entendí que la discriminación no respetaba sexo ni género, es decir, en mi mente y mundo existen personas inteligentes, pero aun así encuentran la manera de denigrar a los demás.

Entre tanta definición, moda, posición, rol, y un largo etcétera es inevitable cuestionarse por lo menos una vez en la vida si uno es homo o hétero. En mi etapa universitaria, un amigo con derechos me dijo que tuvo sexo con un hombre para experimentar y que todos deberíamos hacerlo para estar seguros si lo nuestro es morder las almohadas.

Y no lo digo como ofensa, porque el doggy style es lo mío y es la mejor posición para mi persona, por lo que tuve, considero, ya logré la edad suficiente para crear conciencia de que el amor no viene en una sola presentación, si no en diferentes moldes.

Luego conocí el poliamor, esa cosa amorfa de la que tanto se habla, pero nadie logra definir si el ser humano es apto o no para compartir sus sentimientos con más de una persona; decidida a todo decidí mirar con ojos de deseo y perversión a las mujeres, las de mi sexo.

Tal vez tanta película erótica creó en mi mente que coger con una chica era de lo más delicioso y mi experiencia primera lo fue. Catalina era una pelirroja (no natural), con enorme sonrisa, dientes perfectos, ojos grandes y además, olía a un riquísimo perfume de vainilla, irresistible para cualquiera que tuviera buen gusto.

En un “juego de botella” nos tocó besarnos y la experiencia con sabor a menta y alcohol fue uno de los momentos más eróticos que recuerdo. Luego fuimos al cuarto y viví lo que era sentir otra peculiar humedad, ni qué decir de la conjugación de grandes senos y hermosas piernas, era la tijera perfecta.

Desgraciadamente, éramos bugas en esos momentos y cada quien tomó su camino. Ahora a mis 27 años, y cansada de tener sexo genial con los hombres pero relaciones sentimentales nefastas, decidí entrar a un grupo virtual de lesbianas. Mi plan no era conocer chicas, si no identificar a las lesbianas que no quieren parecer varones.

Entonces encontré en este maravilloso mundo del saber, que hay lesbianas tom o fem, las primeras son aquellas que tienen una apariencia masculina (o de traileras dijera una amiga) y las segundas son hermosos ángeles con un físico totalmente femenino.

No es que yo me arregle diario, sólo que para mí es romántico tener una cita con una hermosa mujer que use vestido, zapatillas altas y largo cabello, de lo contrario prefiero seguir saliendo con hombres que ya tienen el pene incluido (lo más entretenido de su cuerpo).

Todo este cuento tiene dos objetivos: continuar hablando de sexo real (no de cómo conseguir novio) y mejor aún, analizar el mundo sexual lésbico, pues he vivido o me han contado experiencias fantásticas, que merecen ser escritas y leídas en nuestro pequeño pueblo llamado Pachuca y espero, más allá de las fronteras.

Agradezco a Alejandro Evaristo el espacio y espero que cada semana encuentres en estos artículos un poco de diversión e información sexual útil para seguir derribando estigmas. Recuerden lo que dijo Woody Allen: la bisexualidad dobla nuestras oportunidades de conseguir una cita el sábado por la noche… ¿conveniente, no?

About María Fernanda Soto Aguilar

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