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…en tres tragos la terminó…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

¿Se puede decir que una persona bisexual es gay?, porque, un gay tiene gusto por una persona de su mismo sexo, aunque hay quienes se han aguantado el ¿desagrado?, ante el condicionante para tener una familia, requisito de ciertos grupos de poder para tener movilidad en sus escalafones y lograr el acceso al control de espacios de poder… del alto poder. Su entretenimiento (entre ellos) está intercalado con la obligación familiar y laboral. De igual forma, se forman desde el ámbito universitario, tal vez antes, cuando los grupúsculos se encuentran en ciernes.

En espacios anteriores he comentado la forma en que he conocido personas que me han apoyado en mi vínculo con la vida, a quienes agradezco, expresión que debo utilizar para referirme a quienes han tratado lo contrario, (aunque haya algo de mí que en lugar de ello, reclama). Algunos han sido oponentes dignos, al tener valores y creencias; y otros, carentes de escrúpulos y ética.

Necesariamente, recordé a algunas personas que intentaron distintas circunstancias conmigo. Me encantaría iniciar con la primera, porque se trataba de una mujer con un cuerpo… sí, aunque suene cursi: divino. Desde arriba hasta abajo. Y. La conocí en la escuela y me fascinó. Tal vez no con el encanto de A, o con la sensualidad de E o la ingenuidad traviesa de M, la fascinación de la otra M (el amor de mi vida; bueno, uno de ellos), la inteligencia de A (otra A, cuyas formas, la hacían rayar en la locura de “hacer lo que mi gana se me dé”), la madura ingenuidad de CJ (a quien extraño) o…

Lamentable (¿afortunada?) mente, tuve un lapsus féminus. Hablaremos de Y en otra ocasión. En tanto, retomo el tema.

Existen personas con cuya forma de pensar no coincides, pero los respetas por valores y formas personales. Otras más, a quienes les vale madre cualquier elemento referido a la moral personal y social.

Estas últimas son aquellas por quienes careces de respeto y más, les obsequias la seguridad del desprecio humano. Usan su poder (pequeño o grande) para intimidar y acorralar a sus víctimas, necesitadas de un trabajo, una oportunidad, una ayuda. Tuve la posibilidad de ayudar –y lo hice–  a mujeres que podrían haber cedido a cualquier petición que les hubiera hecho. No coincido con aquellos, quienes desperdiciaron la oportunidad de ayudar a alguien.

No diré su nombre ni su inicial, pues no merece ni eso. Insisto en el desprecio de aquel que pudo dar algo sin recibir a cambio más que una mano en su palma:

Por circunstancias conocí a algunas personas que la necesidad las tiró, pero el orgullo las levantó, como decía A. Me enteré de sus casos: El individuo de referencia las citaba en el Sanborn´s de San Jerónimo, muy cerca del lugar laboral y así, sin pudor alguno, condicionaba un espacio laboral a cambio de… sexo. Era tan vulgar que decía a sus allegados: “… de sus nalguitas…”.

El sujeto que no podía conquistar a una mujer, sino a través de los condicionantes de necesidad laboral. Tuvo la fortuna de que la necesidad fuera mucha en varios casos. Al final, luego de algunas semanas, se deshacía de ellas.

Me encantó cuando una de sus víctimas le dijo que no. No cedió a sus peticiones (dijera algún encabezado de periódico: Bajas Pasiones).

Años después, cuando tuve la oportunidad, le ayudé a salir al panzón que tenía como mote Centellita, en razón de la caricatura de una tortuga. Nunca me han gustado los apodos, aunque fuera de esa forma. No obstante, una vez llegué a su oficina, lo vi y, ¡claro que sí!, se parecía, su rostro era de ¡una tortuga!

En una de las reuniones que C y yo sosteníamos para arreglar nuestro mundo, a la tercer caguama y unos cuantos tequilas, me confesó el acoso de que era objeto:

-Te voy a comentar algo, pero no quiero que digas nada. Te conozco y cuando te encabronas, te vale madre quién sea. Pinche T, si le dices algo voy a tener problemas y me puede hasta correr, me dijo tras darle un sorbo a su burbujeante y espumoso vaso de cristal color dorado. Su rostro se tornó serio y su blanca tez, poco a poco se volvió rosada; luego, un intenso rosa, casi rojo. Otro trago. Encendió un cigarro.

-Estábamos en el restaurante del hotel, en la noche ya para ir a la habitación. Me dijo que pidiera una cerveza. Le agradecí, pero no acepté. Comenzamos a hablar de la oficina y, como no queriendo, se acomodó en la conversación para  preguntarme por qué me juntaba contigo. ¿Qué me dabas tú? “¿Cogen?”, me dijo. No sabía qué responder. No oculté mi desagrado.

Fuimos al cuarto. Otra vez pidió una habitación para los dos cuando llegamos. Le dije que traía mis viáticos y me respondió que mejor ahorráramos. Cedí, otra vez.

-¿Por qué te dejas, cabrón?, interrumpí. –Cállate, cabrón, porque si no, ya no te digo nada. Me sorprendió su respuesta, más por la seriedad y entonación que por las palabras. Momento de silencio. Inhalé el humo del cigarro y una bocanada. Un trago de tequila y uno más de cerveza. Me silencié. Lo mismo hizo C, pero esta vez, sin dejar de mirar nada. Lo peor fue que no percibí arrepentimiento en su rostro. Incluso, parecía que evocó la emoción del recuerdo.

-Me sentí como una puta: Ya en la habitación, me preguntó si me iba a bañar. Lo sentí como si quisiera que nos bañáramos juntos. No respondí. Se desvistió frente a mí y noté cómo, ocasionalmente, me miraba. Me hice güey recostado en la cama, como si me quedara dormido. Se metió al baño. Escuché el agua de la regadera. No sabía qué hacer, porque era evidente lo que quería. Se escuchó el correr de la cortina.

En chinga –continuó– que me levanto. Tomé mi cel y me salí. No sabía qué hacer. Al menos, esperaría a que se durmiera o tenía la esperanza de llegar y estuviera dormido. Me daría cuenta por sus estruendosos ronquidos.

Mi silencio era total. Observaba cómo salían sus palabras desde dentro de su ser. Podría decir que las expulsaba desde su interior. Le hacían daño y las sacaba para estar bien. No era el alcohol, porque hemos tomado más, pero su conversación era como si necesitara deshacerse de lo que le lastimaba.

-Me fui a la alberca y me senté en una silla. Necesitaba un cigarro…

-Tú no fumas… sólo cuando echas chela, le dije. Aprovechó la interrupción para volver a llenar su vaso. Continuó.

-A lo lejos, vi una silueta conocida. Me acerqué y lo comprobé. Antes de llegar para pedirle un cigarro, me dijo:

-Te ando buscando desde hace rato. ¿En qué habitación estás?, porque no te tienen registrado, dijo a C el secretario privado del jefe de todos, en su tono provinciano, de costeño-citadino. Le explicó que no lo dejaron pedir una habitación. –Eso está muy mal. Le voy a decir a ese cabrón que no lo haga. Mañana que lo vea lo voy a cagotear. El jefe está en su habitación. Quiere que vayas.

-Me sorprendió, aunque me agradó la idea. Tuve pensamientos sexuales. Me encantaba el jefe –sabes que me gustan los gordos– y ya habíamos cruzado miradas o en el saludo mismo. Toqué a la puerta y escuché su voz:   -¿Quién es? –Soy C, respondí. –Pasa, escuché. Lo vi en camiseta y con sus pantalones sostenidos con sus tirantes, en chanclas. Acomodaba papeles en su portafolios.

Encendí otro cigarro y continué con mi cerveza; era el cuarto tequila que tomaba sin que saliera palabra de mi boca. Mi atención toda estaba en su relato.

-Conversamos por un rato. No sé cuánto. De pronto se acercó. Me dijo: “Ven. Abrázame”. No lo podía creer. Lo quería hacer desde hacía mucho. Abrazarlo, sentirlo. Creo que percibió en mi abrazo lo que sentía, porque me mantuvo así por más tiempo. No sé cuánto, pero fue muy poco. Quería más, que durara más.

Me alejó… Hizo una pausa para acabar otro vaso de cerveza. Abrimos otra botella. Esta vez, más pequeña, personal. En tres tragos la terminó. Abrimos una caguama. Encendió un cigarro. Evocó en el humo el momento.

-Me alejó para verme. Tocó mi cara con sus manotas. Me besó.

 

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