martes , noviembre 13 2018
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… En la petite mort, atravesé uno de los mayores orgasmos que he disfrutado…

Soy Buga, la columna de GustavoT

Cuando la vi por primera vez, coincidieron nuestras miradas en el elevador. Guapa, aunque no bonita; con rasgos caucásicos, hasta de apellido. Cabello rubio y tez blanca, estatura mayor a la mediana, con personalidad y actitud que antepone una línea de acercamiento.

Paulatinamente, se vació el elevador y quedamos a la distancia necesaria para scannear las respectivas figuras. Me obligué a no hacerlo. No obstante, me percaté que ella lo hizo. Me intimidó. Tuve que dirigir la mirada hacia los números rojos que marcaba los pisos. Olía bien el ambiente, a perfume combinado con el olor de su cuerpo; al menos, eso imaginé.

Ocasionalmente, pasaba mi vista sobre su existencia, lo que me permitió ver que vestía pantalón formal color azul marino, ceñido a sus gruesas piernas que formaban líneas curvas hasta la cadera; blusa blanca semitransparente y abierta de manera discreta, con lo que apenas se vislumbraba la línea que divide unos senos de tamaño más que mediano.

Su mano izquierda sostenía documentos y un bolso azul, igual que sus zapatos,  bisutería en cuello y manos, saco gris y blanco, que le cubría la primera parte de la cintura, lo cual permitía adivinar un cuerpo de curvadas dimensiones.

No existen las casualidades. Bajamos en el mismo piso y le di el paso, como acostumbro con todas las mujeres –y algunos hombres, como mi C– solo que ella se dirigió hacia el lado derecho.

Así como me obligué a no verla de manera insistente, también luché por no voltear para admirarla en sus justas dimensiones. Como a los cuatro o cinco pasos, me permití una mirada fugaz: Me detuve y voltee con la intención de que fuera apenas un momento para que nadie pudiera darse cuenta de mi atrevimiento.

En el mismo instante en que voltee, ella detuvo el sonar de sus zapatillas. Nos vimos a los ojos. Sonrió por un instante y continuó su andar. Me sonrojé.

Un par de segundos fueron suficientes: Una figura que me obligó a querer ver más de dos segundos sus delineadas piernas y redondísimas y excepcionales nalgas, así como su delgado torso y abundante cabellera bajo de los hombros.

Pasaron días para que la volviera a ver. Y eso ocurrió: solo la vi, a la distancia, y me detuve a admirar su persona; me agradaba su presencia y prestancia. Más nada. No me acerqué a abordarla o iniciar una conversación.

Coincidimos alguna ocasión en los pasillos de algún restaurante. Una vez volteó a verme y me sonrió; otras, las más, me ignoró. Igual, solo la seguí con la mirada.

Circunstancialmente, marqué para buscar a un funcionario de alto rango, y ella respondió el teléfono. La voz grave que salía del auricular matizaba su belleza y confirmaba, en mi imaginario, su porte. Agradable conversación con la posibilidad de un encuentro, lo cual ocurrió días después, también de forma inesperada, en un restaurante ubicado lejos de los sitios a donde acostumbro ir, y a donde acudí obligado por la misma eventualidad de vida:

Cerca de sentarme en la mesa que me asignaron, levanté la vista y, otra vez, coincidieron las miradas, pero acompañadas de una sonrisa de aprobación. No hubo necesidad de preguntas o respuestas. Me acerqué y acompañé su soledad.

Grato el momento de horas que compartimos. Me gustó su risa, sonrisa, coquetería en su movimiento de uñas y dedos sobre su atezada piel, la ilusión que motivaron en mí sus roses con brazos, manos y pies. Disfrutaba el momento.

No hubo una gota de alcohol. Incluso, me agradó su forma de ver la vida política del país, cuando se detuvo en su sentencia: “Claro que sí hay políticos buenos. Sí hay funcionarios buenos. Lamentable que muchos, en los más altos cargos, sean vulgares en su esencia, lo que ocurre con su incontrolable avaricia. Dijera, ya sabes quién: no tienen llenadera. Espero que él pueda, efectivamente, incidir en lograr un cambio; o, al menos, iniciarlo. Hace falta”.

Una conversación que indujo mayor interés en ella, al ser más que superficial el contenido discursivo. Coincidimos en la necesidad de que la clase política no confunda esa actividad con negociaciones para negocios personales. Necesariamente, ocurrió el tema: Sexo en la política.

Su paso por diferentes instancias gubernamentales, y su cercanía con actores políticos de buen nivel, le permitió conocer de cerca los vínculos extra laborales, fuera de horarios, fines de semana, viajes nacionales y al extranjero. El ejercicio del poder sobre quienes se encuentran a merced de ellos, en su círculo cercano, y el ceder para continuar con una carrera política, que, necesariamente, pasa por ese aspecto. Tema para otra Buguería.

La llevé a su casa. Continuó la conversación apenas unos minutos dentro de mi auto, cuando algo me impulsó para acercarme a ella. La besé.

Fue un beso tímido, de roce de labios que creció en segundos. Sentí su sabor cuando respondió y atrapó mi labio inferior con los suyos, lo libó, y paseó su lengua por mi orificio bucal e hizo que mi lengua se inmovilizara por la fuerza de su succión. Agradable sensación que deseaba continuara por tiempo indefinido, hasta que se separó suavemente. Nos miramos y surgió un suspiro en ambos.

-¿Por qué lo hiciste?, preguntó. –No sé. No hago esto. Sólo me dejé llevar, dije con voz baja, casi sin respiración. Seguía a escasos centímetros de sus verdes ojos. Instantes de silencio continuaron en miradas mutuas. Pensé que en su reflexión me invitaría a irme.

-¿Pasas? Te invito un drink, dijo. -¿Tienes tequila o mezcal?, bromee. -No sé. Algo habrá, explicó con voz suave.

Abrí la puerta y le ayudé a descender. Tomé sus documentos y saco. Hurgó entre su bolso, sacó sus llaves y la seguí a dos pasos de distancia. Inevitable admirar su excitante figura. Sabía que lo hacía.

Metió las llaves y me acerqué a oler su blanco cuello. Desde antes había percibido su olor, la combinación que había imaginado desde aquél encuentro en el elevador. Era parecida. El perfume inhibía su sensual aroma.

Volteó y buscó mis labios. Pasó su brazo derecho por atrás de mi saco y me tomó por la cintura para asirme, mientras su otro brazo lo subió hacia mi espalda. No podía moverme. Tampoco quería. Sentía su calor. La tomé por los hombros como para evitar que se fuera de mí. Mi mano derecha se movía sin consultarme y ya había sacado su blusa del pantalón, recorría su tibia espalda y sus amplias nalgas.

No sé cuánto tiempo duramos ahí, pero nos separamos al escuchar la llegada de un vecino suyo. Interrumpió de manera abrupta y nos metimos a su departamento. Un lugar cálido, cuyo orden reflejaba su personalidad. Cada cosa en su sitio.

Me pidió que me sentara en la sala mientras servía un tequila para mí, en un caballito, y un anís para ella, en una copa. Brindamos. Fue solo un sorbo con miradas por encima de las bebidas.

Dejamos las copas y se acercó hacia mí. Nos besábamos, mientras me llevaba hacia el respaldo del sillón y subía su falda. Se montó en mí y con ambas manos tomaba y acariciaba mi rostro y cabello.

Fue una de las visiones con mayor fruición que he tenido: Desabotoné su blusa y quité los broches a su brassiere, en tanto ella me había quitado camisa, cinturón y aflojado el pantalón. Recorrimos el sillón, la mesa, la alfombra y llegamos hasta su intimidad onírica en las diversas posiciones que dejamos fluir.

No hubo inhibiciones. Parecía que nos habíamos conocido mucho tiempo atrás y fue hasta esa ocasión que pudimos lograr un encuentro.

En la penumbra de la habitación, las pequeñas líneas de luz que tenían acceso a ese espacio de dos, mostraban su inescrutable cuerpo tan ansiado por mí. Por ambos: el gusto por cada uno.

En la petite mort, atravesé uno de los mayores orgasmos que he disfrutado. Casi como el femenino. La energía que salía de nuestros cuerpos y la que entraba de ese espacio recorría mi cuerpo y se entrelazó con el de ella. No sé cuánto duró, pero no fue poco. Vi cómo se erizó su piel y con sus manos oprimía la piel de mi espalda. Vi en la semioscuridad su rostro transformarse de manera continua en otro ser que parecía de una galaxia distante.

 

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