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…en el silencio del aula vacía…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

La ocasión anterior referí de mi indefinición definida que estuvo necesariamente ligada a hombres, y algunas mujeres, quienes tenían gusto por su mismo sexo, pero su aparición en la senda de mi vida fue definitoria por diversas razones.

No obstante, la mayoría de mis amigos, conocidos, compañeros de clase y espacio laboral, también tuvieron qué ver en la influencia que tuvieron sobre mi persona. Igual que todo aspecto humano, los dos filos: Para bien y para mal.

Las críticas de las personas hacia quienes no tienen afinidad heterosexual son continuas y recurrentes. Generalmente, son usados como leitmotiv de bromas, chistes, chismes o albures. Sería faltar a la verdad decir que nunca lo hice, porque forma parte de la cultura mexicana y no soy ajeno a ésta, además que mi incultura, ignorancia o irreverencia, permite que pueda reírme hasta de mí mismo. Hubo un lapso de tiempo en que incurrí en ese irrespetuoso manejo del ser, aún cuando no me agradaba hacer escarnio de quien no estaba presente.

Igual que como me ocurrió con C, la vida me llevó a iniciar lazos con quienes se considera putos o lesbianas.

Fotografía: Glo

En la Universidad, como buen ratón de biblioteca que era, conocí a dos personas, cuyo trato no me agradó, porque se acercaron a mí con el pretexto de estudiar, cuando realmente me querían planchar el traje. Uno de ellos, quien asistía a clases de actuación me quiso convencer de montar una obra que trataba ese tema: el vínculo amoroso y sexual de dos jóvenes; incluso, creo que quería que lo montara, porque reiteraba su intención de hacerlo desde el guión mismo. Dijera C, “se acomodaba” cada vez que salía el tema.

Trataba de dos amigos que descubrieron su mutua atracción y se besaban y abrazaban constantemente en la trama; uno de ellos, realmente no deseaba hacerlo. En un inicio me negué a redactarlo de esa forma, porque me gusta más que fueran escenas sugeridas. Cedí a sus peticiones –en el guión de la obra–  más por el gusto de formar parte de una puesta en escena que por el deseo de tener entre mis brazos a un ente masculino. Ni me llamaba la atención ni era tan agraciado físicamente.

Tras semanas de redacción y debate, así como roces, insinuaciones y tomadas de mano (incluyó intenciones de tocar mi pierna y el paquete, como le llaman algunas féminas), concluimos la pieza teatral e iniciaríamos la práctica de la obra al término de las clases o cuando faltaba algún profesor. Aprendió cada quien sus líneas y al menor pretexto, abrazaba demás o me daba algún arrimón o, de pronto, dejaba ir sus nalgas a mi zona pélvica, bajo el menor pretexto.

Dos compañeras, una de ellas con gusto homosexual y quien era íntima de mi histrión contraparte, animaba a que abordáramos esa escena, mientras que la otra, M, a quien le tenía un especial afecto por su agradable forma en el trato y hasta en cómo decía una grosería, cuando las decía, así como un físico de pequeñas dimensiones, pero de muy buen aspecto, excelente vestir y mejor olor, les hacía entender que no era el momento más que de la base escrita.

Un día en que nos encontrábamos los tres, porque mi M no había llegado, ocurrió el roce excesivo –primero– de su pene en mi brazo y hombro, de ida y venida en distintas ocasiones, me desagradó, lo cual le hice saber, pero argumentó que era parte de lo que un actor hace, por ser parte del guión o que era broma, en otra argumentación. De pronto, hizo a un lado todo e intentó besarme en mis semi carnosos y deliciosos labios. (Lo sé, porque alguien por ahí, en el andar de mi vida, me lo dijo).

Practicábamos la obra en un salón vacío. Mientras permanecí de pie, recargado en el filo del escritorio y la compañera salió sin previo aviso, M –en ambos iniciaba con esa letra sus apelativos– se acercó; en instantes y sin que pudiera hacer algún movimiento que impidiera su proximidad a mi cuerpo, colocó su pie izquierdo entre mis pies. Al dar un segundo paso, sentí el calor de su paquete que estaba por situarse en mi muslo izquierdo, en tanto sus ojos me veían fijamente y cada vez se acercaban más. Eran apenas unos centímetros de distancia arriba y abajo.

Percibí algo extraño: un sentir, una respiración ¿sexual?, una energía ¿sexosa? Tal vez imaginé la pretensión de pasar un brazo para asirme, mientras que el otro, con los papeles del guión en mano, iba en dirección a mi cara. Veía mis ojos y mi boca. Parecía en cámara lenta, pero no me quedé a averiguar si lo que veía y sentía era cierto. De un movimiento de cadera y pierna de apoyo, salí del reducido espacio. Voltee a verlo. Me miró con incredulidad y reclamo. Tomé mi carpeta y me salí. Mis ganas de ser actor ocasional del histrionismo alternativo terminaron allí, en ese espacio escolar.

M llegó a clase tarde, como acostumbraba por la hora de salida de su trabajo y se  sentó en la banca a mi derecha. Igual, pero de otra forma, traía una respiración agitada. Volteó y me besó en la mejilla, cerca de la comisura de los labios, porque en ese momento voltee mi cabeza para responder el saludo. Pusimos atención al profesor y me tomó del antebrazo; esperé un momento a responder la caricia y coloqué mi mano sobre la suya; al término, nos quedamos unos momentos sentados sin decir nada. Generalmente, conversábamos mientras esperaba que llegara su novio y la encaminaba al estacionamiento. De lejos, para que no tuviera problemas.

Esta vez no hubo palabras. Como si supiera lo ocurrido, me abrazó y dejó su rostro en mi cuello. Sentía su respiración en mi oreja derecha. Me gustaba su olor, su calor, sus ojos, la forma en que se veía su cuerpo en un ajustado pantalón de mezclilla azula marino combinado con zapatillas que evidenciaba una torneada figura y una blusa medio desabotonada que permitía ver una línea frontal de la unión en su piel. Pensé que venía cansada y fastidiada de su trabajo.

Luego de unos minutos se reincorporó y con el roce de los dedos de su mano derecha, apenas tocaba mi mejilla izquierda; la recorrió varias veces, lenta y suavemente.  Recordé inevitablemente las veces que nos besábamos en la mejilla al saludar y los cuatro labios se rozaban o el beso era muy cercano a la boca. Nos vimos a los ojos unos instantes. La proximidad se hizo menor y fue inevitable la unión de los labios. Lo deseábamos desde hacía mucho. No sé por qué, pero ocurrió… No sé por qué, no había ocurrido.

Nos incorporamos para irnos. Quisimos y nos dimos un beso más, más profundo que no llevaba las intenciones del anterior, que había sido más cercano a la ternura… solo uno para confirmar sabores y sentires, pero nos ganó el instinto. Continuamos en la pared y terminamos en el silencio del aula vacía.

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