domingo , septiembre 20 2020
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…ellas siguen viajando entre mis brazos…

Siento miles de hormigas recorrer las extremidades. Agito los brazos y uso las manos para tratar de ahuyentarlas, pero todo es mentira.

No hay nada.

La sensación de miles de diminutas patas siguen en la piel, aunque no las veo.

Están ahí. Mi cerebro dice que están ahí.

Mencioné hormigas porque fueron los primeros insectos que vinieron a mi mente. Bien podrían ser arañas, moscas, palomillas, cualquier otra clase de lepidóptero. Esta vez fueron, son hormigas.

La única cosa cuya certeza es tan real como los movimientos de mis dedos es la funcionalidad de mi cabeza, o lo que hay dentro de ella, por lo tanto no hay razones ni tiempo para dudar. Estoy cubierto de insectos y esa es la realidad en este momento. ¿Lo es?

Si los movimientos responden a estímulos eléctricos enviados a velocidades inimaginables desde alguna zona del cerebro para activar músculos y reaccionar ante una determinada situación, es evidente: hay miles de hormigas recorriendo este maravilloso cuerpo en el que habitamos. El problema es cuando intento deshacerme de ellas. No las veo, no las escucho. Solo las siento.

Hay un concierto inimaginable de otras extremidades tocando la piel, evadiendo vello, acusando ociosidades suficientes para tomar a la víctima desprevenida y, quién sabe, convertirla en alimento para el próximo invierno.

¡Maldita cigarra desidiosa!

Si hubiese hecho algo no estarían todas ellas sobre mí porque podrían compartir, pero no. Solo se tumbó bajo las sombras de verano a juzgar y deleitarse. De hecho lo hizo desde primavera y continuó en otoño, justo cuando ellas, las razones de la burla, estaban por terminar y resguardarse. Ahora la infeliz anda de casa en casa y puerta en puerta rogando por un grano, una hoja, el desperdicio o sobras de otros que ahora disfrutan este invierno y sueñan recorridos por la piel de gigantes seres incomprensibles. Para el caso, yo.

Y ya no quiero hablar de mí porque ellas siguen viajando entre mis brazos y piernas y provocan respuestas inmediatas de mis brazos y piernas para ahuyentarles, aunque sigo sin verlas.

Ahora revolotean, puedo escucharlas, aunque no son perceptibles a los ojos. Ocasionalmente alguna roza el cráneo o el rostro y se siente ese cosquilleo incómodo y trato de ahuyentarlas y ellas siguen así. Son molestas, lo cual no tendría mayor importancia, pero también son invisibles, lo cual sí representa un problema para escapar, aunque no sabría bien hacia dónde. Y, además, tengo la seguridad de no poder deshacerme de ellas. Seguirían tras de mí y yo tratando de ahuyentarlas mientras la gente -los otros-, me miran con recelo por no entender el ataque bajo el que me he encontrado desde hace meses… quizá años.

¿Y si en realidad no están y solo las percibo a fuerza de sentirlas?, ¿y si soy un insecto también? Entonces no podría pensar, lo cual implica necesariamente que alguien está ocupando nuestro cuerpo y estas no son ni mis ideas ni mis palabras porque no trato de ahuyentar a los bichos, sino de unirme a ellos. De ser así, ¿por qué lo digo?, ¿a quién lo digo?… ¿qué soy?

Lo ignoro.

En este momento solo siento una imperiosa necesidad de reconocer esa superficie… parece piel…

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Artículo publicado originalmente en: https://medium.com/ escrito por Benjamin Freeland

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