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Vestido negro…

Soy Buga, la columna de Gustavo T

… La detuve cuando pretendía bajar el cierre… y sin que le permitiera tocarme, olisquee sus hombros, cuello, cabello…

Imaginen el inicio de una película de cine de culto. Un plano dorsal, en el que en la pantalla se aprecia, por atrás, el caminar sensual, firme, de una mujer alta, con vestido negro de lana delgada, arriba de la rodilla, de piel morena, tersa, en unas piernas y muslos amplios y largos, delineadas, en cuyo inicio calzan zapatos de tacón medio, negros que estilizan su andar.

Después, un acercamiento a plano medio en que solo se aprecia una parte del cabello largo, abundante, que baja hasta media espalda, y expone la zona lumbar, donde se aprecia de mejor manera la lordosis y amplitud de caderas. Gracias a El Universo no era delgada. Adiviné que esa complexión robusta y excitante voluptuosidad madura, talla 9 o 10, aproximadamente, era resultado del cuidado alimenticio y la ejercitación moderada.

En un primerísimo primer plano (casi big shot), se delinean las curvaturas de la espalda hacia las nalgas, cuyo ancho perfecto estiran el hilo del tejido que permite ver la tenue transparencia y sombras en una pantaleta negra que cubre parte de los glúteos y adivina la desunión entre ambos músculos. Cada paso genera un movimiento en el vestido que obliga a permanecer la mirada fija en ese espacio de lascivia celestial.

Lamentablemente, esa toma dura muy poco (el tiempo es ambiguo), porque el espectador requiere más tiempo de apreciación e introducir su morbosa curiosidad entre la tela para inspeccionar las oscuras redondeces y oler el perfume de una piel ajena que quisiera sentir entre sus manos, nariz, labios y lengua.

Esa misma toma se detiene de manera abrupta y la cámara se obliga a ver hacia otro espacio, porque tampoco se trata de intimidar o afectar a la fémina, sino de satisfacer la concupiscencia de mi existir de manera discreta. Al percatarse de la presencia de un alguien a unos metros de su ser es obligado que detenga su caminar. Volteó y aprecié un rostro a mi parecer agradable.

Ceja poblada, arqueada, con el toque sensual de que parte de su cabellera caía por un lado y cubría sus ojos medianos, cuyos pómulos sostenían un rostro de piel morena que invitaba a conocer más de ella, ver el movimiento de sus labios al hablar para escuchar la voz que, necesariamente, debía estar alineada a todo lo que había disfrutado instantes atrás.

Cruzamos miradas y de la posibilidad de la sorpresa pasó a un gesto de aprobación con una casi sonrisa. Traía en su brazo izquierdo un saco verde que entonaba con las pequeñas líneas de su vestido y su mano una bebida caliente.

Continué mi caminar y a los tres pasos voltee para continuar el disfrute visual, iniciado con el cine de autor, pero por la parte frontal. Parecía que era la entrada a su trabajo y conversaba con alguien. Volteó su mirada hacia mí; no sonrió, pero su expresión motivó la esperanza de un encuentro real.

Ese cortometraje mental pasó por mi pensamiento durante días, los suficientes para encontrar un lugar en el archivo cinematográfico personal. Evidentemente, en mi lascivo cotidiano, atravesaron más medidas, estaturas y dimensiones.

Interesante que en el pasillo de un centro comercial, a lo lejos, vi un vestido muy parecido, de tela de casimir, pero color verde, cuya espalda era cubierta por un saco negro. Reconozco que me emocionó, pero como estaba sentado en una banca y había fumado, no quise siquiera acercarme para saber si se trataba del mismo ejemplar femenino. No es agradable.

Compré un caramelo y dirigí mi atención en un aparador de exposición etílica; a escasos metros, en el mismo lugar, apareció la misma toma de inicio de este escrito, pero en color de botella de vino, como la que pensaba comprar. No me vio, lo cual me permitió escaparme hacia el interior del lugar. Ese día no estaba preparado para conocerla, porque no sólo mi timidez para acercarme a una mujer de esas características lo impedía, sino que no era un buen momento anímico por el que atravesaba.

De espalda a la entrada para buscar una botella de mezcal, que es la bebida que los dioses enseñaron a destilar a nuestros ancestros para que un mortal pueda estar cerca del cielo en cada sorbo. Pensé que había transcurrido tiempo suficiente, tomé el recipiente de vidrio y al voltear estaba a un paso de mí; pagaba una botella de vino tinto.

Me miró. Otra vez su casi sonrisa, presumo porque se percató de mi rostro que, dicen, suele ser muy expresivo.

-¿Ese mezcal es bueno?, preguntó sin dirigirse a nadie. Crucé miradas con quien cobraba; continuó con su actividad en su interés con la tarjeta bancaria. –Sí, de los medianos; hay de precio mayor, pero son similares en calidad, respondí.

Insisto. Mi timidez impidió obtener más que unos minutos de caminata y conversación. Nos despedimos, sin tocarnos por las circunstancias de salud viral, con el acuerdo de un reencuentro por la zona, la cual evité. Los siguientes días transcurrieron con el pensamiento en ella hasta que la vi en un restaurante y, sin pensarlo, estaba sentado y conversamos. La voz era la precisa, alineada al cuerpo, casi grave y en tono mediano, discreta.

Iniciaron los mensajes. La espera de ver su nombre en el teléfono de mi mano. Responder con el cuidado de agradar y acordar espacios para los encuentros y compartir espacios. Aunque traía prisa en conocer el interior del vestido, llevé lento el vínculo, para disfrutarla más. Fueron salidas cotidianas que satisfacían el morbo de ver el ejemplar femenino y sentir, con roces, acercamientos e incipientes tocamientos de mano, que estaba a mi disposición, sin estarlo. Coqueteaba como ella, discreta.

Cumplí cada antojo en ese período. El más importante, comida oaxaqueña. Al verla llegar con el vestido negro del inicio del film que traslucía unos hermosos muslos, me excitó; tuve que poner mi saco en mi brazo para ocultar el paquete agrandado. La saludé con un beso que abarcó casi la mitad de sus labios. Tras la comida, entre el barullo combinado de la calle y los comensales, se acercó a mi oído y salió de su ser la voz sensual que sugirió, casi áspera: -Quiero estar contigo.

El corte de un two-shot a toma general de un espacio cerrado, en penumbra, donde la luz que dejaba pasar la cortina de la ventana iluminó el femenino cuerpo bajándose de las zapatillas. La detuve cuando pretendía bajar el cierre. Me quité los zapatos y recorrí centímetros de alfombra, me acerqué a su rostro y sin que le permitiera tocarme. En pausado recorrido, olisquee sus hombros, cuello, cabello, y con la punta de la lengua la probé; todos mis sentidos en un mismo espacio.

Abarqué por atrás su cintura con un abrazo y mis manos se paseaban encima de la tela del vestido por su vientre, senos, muslos, pubis y entrepiernas; las curvadas nalgas apenas se movían para jugar con el estiramiento de mi piel. Mi bigote erizó la dermis de su cuello y los mordisqueos abarcaron hasta su nuca, mientras su mano derecha acariciaba mi cabello y su mano izquierda mi nalga y muslo.

Tuve que distraer mis manos de su actividad táctil y separar mi pelvis, para correr el cierre. El vestido se deslizó, aunque tuve que intervenir, porque sus ricas nalgas impedían el paso total. Saboree su apetecible espalda y moví su brazo hacia arriba para chupar la zona exterior de su mediano seno derecho, mientras mi mano izquierda recorría su espalda y derriére.

Mis dos manos recorrían ambos lados de su pierna y entrepierna; subí hasta las cumbres más altas y bajé a las rosas profundidades. No dejé un centímetro sin recorrer.

Ella nos besó y lamió con ganas ingentes.

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