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… el lugar sin límites que abre paso a la inmensidad interior…

SOY BUGA, la columna de GustavoT

He escuchado muchas veces que las personas dejan encargos para cuando se mueran. Evidentemente, no me refiero a su legado material, resuelto con un documento legal, sino al personalísimo; me refiero a las cosas que solo tú y más nadie sabe. Es la intimidad íntima, tu yo verdadero, cuya información, quien tenga acceso, podrá conocerte casi en la totalidad.

Al igual que cualquier otra persona tengo mis asuntos privados. El dinero que realmente tengo, las personas a quien conozco, las fotografías, videos o cualquier imagen que pudiera delatar mis gustos, aficiones, pensamientos claros y oscuros. Lo que tal vez no te gustaría que supieran tus hijos, nietos, parientes o esposa.

O tal vez, sí, porque el dueño del teléfono celular está orgulloso de su vida reflejada en la información que contiene. Habría que hacer un ejercicio de introspección.

Hay quien refiere que esa información la tiene quien posee tu teléfono cuando lo pierdes, olvidas o te lo roban. Si bien es cierto que checan el aparato, lo que les interesa es el bien mueble, lo material, el lucro que pueden obtener, a menos que seas una persona pública o puedan lograr alguna ganancia con la información que está en sus manos.

Acostumbro rescatar lo que tengo en mi cel, en discos o cualquier otra forma electrónica que los almacene; claro, excepto en lo que llaman la nube, porque alguna persona con escasos conocimientos de computación, puede tener acceso a mi información, además que los grandes consorcios, empresas e instituciones que obtienen información personal accesan a esos espacios.

Imaginé por un momento si mis hijos, esposa, amante, concubina o quien sea que esté cerca, pudiera dedicar un espacio de tiempo a entrar a mis archivos. Gran parte es información laboral, podría haber algún informe clasificado, fotos comprometedoras de algún político, mujeres con quienes he sostenido una relación, sus cartas, obscenidades, lenguaje procaz y hasta vulgar que suele ocurrir en los juegos sentimentales y sexuales.

Con las féminas con quienes he tenido algún vínculo, los recursos que utilizamos toca la lascividad, lo sensual, erótico, aunque también hemos usado formas voluptuosas, libidinosas y hasta impúdicas, elementos criticables, pero que son utilizadas en una relación de dos o tres o los que sean.

Recordé los mensajes que envié a A. La primera vez que tuvimos un acercamiento, los momentos sexuales que le continuaron con fotos comprometedoras, como cuando estábamos en su casa y tomamos unos alcoholes y conversamos en su sala.

Me gustaba acariciar sus manos, antebrazos, brazos, besar su hombro, seguir por la blusa sin manga y recorrer su cuello y mejillas. Le impedía abrir su boca para rosar, besar, lengüetear y mordisquear sus labios, nariz, ojos, cejas y orejas. Paseaba mi lengua por el otro lado de su cuello y continuaba por su nuca, cuello posterior y la parte alta de su espalda. Estorbaba su blusa, por lo que mis manos buscaban entre las curvaturas de sus senos, los botones que liberaban el espacio para insistir en el recorrido de su cuerpo.  

De manera paulatina, se abría a mi vista la piel tersa que separaban las líneas de sus músculos, pequeños trozos de carne blanca de un dorso perfectamente delineado por una cordillera de pequeños huesos flanqueados por surcos tibios que respondían a los estímulos orales.

Los botones cedían paso a un abdomen liso con líneas apenas perceptibles y pequeños cúmulos de piel empujadas por el pantalón que descendía de la misma forma que las manos sobre sus torneados muslos, en tanto seguía el recorrido por el final de su espalda y estrechez de cintura, para iniciar con la redondez de sus nalgas, en cuya indecisión por continuar por uno u otro lado me perdí entre las íntimas sombras de su líquida calidez, cuyas gotas rodaban por mi pecho.

Al subir orientado por un ombligo de grano de café y abandonarme entre la voluptuosidad de dos firmes entes redondeados, tomó la silenciosa iniciativa en un recorrido voraz de saliva y fruición. Subió hasta vernos de frente y saborear el aliento de las almas que, sin tiempo ni espacio, llegó al final donde inicia la zona de luz blanca y tenue, de pérdida de razón y entendimiento, el lugar sin límites que abre paso a la inmensidad interior.

El abrazo de instantes que perdura y va más allá del ámbito sexual.

Se vistió una bata que impedía apreciar en su totalidad la belleza de su cuerpo, ya que la tela no tocaba su cuerpo, excepto desde la zona de sus senos y nalgas, para caer al vacío.

Mientras me vestía, con su celular recién adquirido nos tomó algunas fotos. Sabía que no me agradan las imágenes, pero aún así continuó; por la posición en que nos encontrábamos, parecían realizadas con obscenidad buscada, apoyado en la apertura de su vestimenta que mostraba sus muchos atributos.

Tal vez vería la expresión de desagrado en mi rostro, porque dijo: -Sabes que son para mí y a nadie las muestro. Sabía que era una persona de convicciones y seria, de respeto a su palabra y hacia quienes eran dignos de confianza. Ella, para mí, tenía esa posibilidad. La tenía en muy alta estima.

Luego de algunos años, la vida nos separó físicamente, pero continuamos el vínculo. La extraño, aún, luego de su muerte.

Ese día, cuando tembló –fecha de aniversario de un sismo anterior en lo que fue el Distrito Federal, hoy Ciudad de México– y decidió cambiar su estadía de tiempo y espacio, por la mañana recibí un mensaje que me informó de lo ocurrido un par de horas antes desde su teléfono celular, al cual, hacía un día que le envié una canción que nos recordaba momentos.

La noche de su velorio tuve que ir a otro estado del país y llegué a medianoche. Vi el féretro y no me quise acercar, porque quería tener en mi memoria las imágenes de ella en que existíamos únicamente ambos. Lo cual aún ocurre.

Me vestí para la ocasión: de negro y formal. Presentable.

Llegué y cuando me presenté como compañero de trabajo con su círculo familiar más cercano, sentí que sabrían algo de mí. Deseché la idea.

Sentado en un sillón, mientras los familiares conversaban, parecía yo el único extraño de la ocasión. Reconocí a las personas que había conocido en fotografías. Ellos no sabían de mi existencia. Nuestro Secreto de Amor así había sido.

No obstante, la mirada de una fémina que iniciaba a ser mujer, cuyas fotos vi constantemente, me persiguió de manera furtiva e insistente. Parecía que me estudiaba o adivinaba quién podría yo ser.

Al despedirme, confirmó: Ella tenía su teléfono celular.

 

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