domingo , noviembre 18 2018
Home / Soy buga / … el día que E se fue…

… el día que E se fue…

SOY BUGA… la columna de GustavoT

Vestía su cara con lentes. Los necesitaba para ver de cerca… Era un día demasiado normal. “X”, decía la C. Lo fui a ver hasta el espacio que tenía del otro lado de la oficina, serían como las 13:30 horas y ya hacía hambre, por lo que fui a asaltarle unas papas con salsa Valentina y limón… Uuuuffff, dañino como lachi…, pero rico. Innegable.

Vi en una de las oficinas una silueta femenina, ajena al de la cotidianidad. Veo muy bien de lejos y más si me interesa. Se veía muy bien: Cabello castaño oscuro, alrededor de 1.67 metros de estatura, ojos medianos, ceja semipoblada, cara redonda, de unos 58 o 60 kilos de peso. Ni se ilusionen, no vi más, porque estaba sentada y, al menos, hay que ser discreto, aunque no tanto, si no, pu’s no se da cuenta que la ves. La caché cuando se quitó los lentes para verme, igual, discreta.

Pasé de cerca y, en otro intento, me acerqué a esa oficina con cualquier pretexto documental. Me batearon, pero pude ver su rostro y figura medio adivinada. Intercambiamos miradas y sonrisas. Me agradó. Guapa con sus lentes y vestimenta informal. Me fui a hacer lo que era mi obligación: trabajar. Aunque no lo crean, trabajaba, mucho y bien, aunque había espacios de tiempo muerto o para socializar: el menos posible, pensaba, porque me pagan para dar resultados laborales, no para hacer relaciones públicas al interior.

Salí de mi lugar y, lamentablemente, no la vi. Lástima. Sentí ganas de ir a ver si con cualquier pretexto la encontraba en el elevador o en la puerta que da a la calle. Sólo fueron eso, ganas reprimidas. Insistí en mi intención laboral y horas después, al dar la vuelta en un pasillo, nos encontramos cara a cara. Ese fue el momento: Sonreímos y le cedí el paso. Me agradó lo que vi de pies a cabeza, de frente, porque el voltear a ver lo demás era incorrecto y descortés. Me controlé para no hacerlo… perdí. Aunque fue igual, de manera discreta… como ella lo hizo. Otra sonrisa.

Pasaron varios días. Ocasionalmente, me acordé de la fémina, pero ante el tiempo transcurrido, pu’s pensé que habría sido ocasional la visita. Un día, al llegar al espacio laboral, vi a alguien más en el lugar de C. Esta vez no le puse atención, porque, como dije en otra participación, lo iba a visitar mucha gente, y esta vez no quería ver sus galanterías ni conquistas.

Fui por mi café y lo acompañé con unas galletas y un sándwich, mientras me enteraba de las noticias escritas. De pronto, lo vi frente a mí y me dijo: “Te voy a presentar a una nueva compañerita. Se llama E… Como si fuera película, se achicó la oficina y de un paso estaba junto a ellos. Me comporté como lo dicta la norma social. Le di la bienvenida y se fueron. Ni una mirada o sonrisa extra, como ese día en que nos vimos.

No sabía qué hacer, porque ella estaba en el lugar de C, donde iba y bromeábamos. Ya no ocurriría, pensé. Acudí a verlo, pero me reprimí en más de una ocasión, porque parecía que a ella le incomodaba mi presencia. No entendí, pero así ocurría. Las cosas cambiaron, como era previsible, y la comunicación que teníamos C y yo era vía telefónica. No obstante, tenía que verla. Y con cualquier pretexto acudía al lugar de C, quien seguramente entendía algo, porque me llamaba para que fuera; sólo iba cuando tenía papas con limón y Salsa Valentina. Tal vez por alguna otra cosa, pero mis visitas ya no fueron frecuentes.

Salíamos a comer y no recuerdo si ella iba con nosotros de inicio; sin embargo, tengo presente que “el jefe”, un güey que pagaba para tener sexo en la oficina o acosaba a las compañeras, a través de un subalterno lamegüe… lamebotas, la había invitado a comer, según escuché días después. No quise enterarme.

-Te gusta, verdad?, me dijo C, cuando terminamos la sopa. Previo, habíamos bromeado con la señora J, en un día normal. -¿Qué le pasa señor G? ¿Por qué está serio?, preguntó doña J. Le respondí que estaba normal, que no pasaba nada: -Alucinaciones suyas, dije. –No. Lo que pasa es que está enamorado, insidió C. Reímos.

-De qué hablas?, le dije al verlo a los ojos, serio. –T, te conozco. No puedes mentirme. Sé hasta de qué color tienes la… Te gusta. Tal vez lo ocultes para otros, no para mí, dijo C. –Apenas la conocí. Cálmate. Oootra vez con tus pinches escenitas de celos. Sabes que tú eres la única…, quise salir del paso con esos comentarios. Su mirada era, evidentemente, de incredulidad, porque, efectivamente, nos conocíamos muy bien. –Es del tipo que te gusta: Morena, buen porte, buen trasero, buenas… -… formas, interrumpí.

Circunstancialmente, luego de muchos días, empezamos a ir a comer con ella. Nos llevábamos muy bien. Bromeábamos y era agradable estar con ambos. Incluso, muchas personas quisieron entrar al recién formado círculo de amistad. Si bien es cierto que retomamos las miradas de flirteo, discreto, ambos respetamos la línea.

Un día, tenía un compromiso laboral. Era un viernes y querían ir a bailar. Les comenté que los alcanzaría, pero tarde, porque debía ver un asunto. La primera llamada de C fue como a las 22:00 horas; le respondí que aún estaba ocupado. A las 23:00 horas me volvió a llamar para saber si iba a ir; le dije que sí, pero cuando me desocupara. “Es que E pregunta por ti, si vas a venir. -Dile que sí, que le había dicho que sí, respondí. A las 12:30 horas recibí la última llamada de C. –Ya está peda y pregunta si vas a venir; que piensa que no, que nos vas a dejar plantados. Le dije que si habías dicho que venías, lo harías. –Sabes que respeto mi palabra. No tardo en terminar. Me desocupé a las dos de la mañana. Llegué.

Me vio E y se puso de pie. Trastabilló y tropezó con una mesa. Todos voltearon. –Vamos a bailar, me dijo. De esas ocasiones extrañas, en el lugar de música moderna pusieron una canción romántica, pero de los años 70. Nos movimos al ritmo de Los Ángeles Negros: Cómo quisiera decirte, algo que llevo muy dentro… Decirte lo que a diario voy sintiendo… Cómo quisiera decirte que me escuches un momento para quitarme del pecho esto que me va oprimiendo… Que quiero que estés conmigo como en un final de cuento… Cómo quisiera decirte cuánto te quiero…

Fue la única vez que bailamos. Nuestros cuerpos unidos por una canción. Nos fuimos en su auto. Manejaba y, de pronto, tomó mi mano. La acarició y la puso sobre su muslo izquierdo. Luego, de manera discreta, la recorrió…

Paulatinamente, en el ambiente de una oficina se establecen formas, conforme a la moralidad y madurez emocional de quienes la tienen bajo su encargo. Este caso fue, como ocurre muchas veces, negativo. Primero, incidieron en tratar de separarnos, a través de chismes y distintas formas. La última, de pronto, cambió su actitud: Por la mañana bromeábamos e instantes previos para ir a comer, E cambió radicalmente:

Llegó, pues la esperábamos y nos comentó que nos adelantáramos, porque le habían pedido trabajo. Le dijimos que la esperábamos en el lugar; al no llegar, le llamamos para ponerle una canción:  Tuvimos un sirenito, justo al año de casados, con la cara de angelito, pero cola de pescado… Evidentemente, de Rigo. La escuchaba completa, aunque no le gustaba; reía como niña; escuchaba su risa por el teléfono. Tenía una risa discreta y delicada. Me gustaba su risa. Bueno, toda ella. Le llevamos comida.

Luego de distintas ocasiones, C le preguntó, pero ella no dijo nada. Comenzó a ir a comer con otras personas. No entendimos, pero lo respetamos. Solo una vez lo comentamos y ocurrió de la misma forma en que habían tratado de separarnos a C y a mí.

Meses después, me dijo C: -¿Sabes por qué E no va a comer con nosotros? –No, le respondí. –Porque se lo prohibieron, comentó. –Te lo dijo ella?, pregunté. No respondió. Y continuó: “No querían que estuviéramos juntos. Tienen celos. Incluso P (el jefe) me dijo: “¿Qué no ves que T se la quiere coger!!!?”. –Perdona, pero ¿es serio lo que dices? No creo que haya alguien que haga eso. Pa’ mí que es por ti, porque él quiere contigo, inquirí.

Lamentablemente, hubo distanciamiento. Apenas el saludo y, a veces, ni eso. Semanas después, E determinó concluir su relación laboral.

Parte de mis obligaciones era viajar, de lo cual me deslindaron y C tomó mi lugar. Ya sabía cómo hacer el trabajo y le ayudaba vía telefónica. A su regreso de Tabasco, me dijo: -Quiero platicar contigo. Nos tomamos una chela cuando salgamos. –Va, asentí.

Después de un rato de cervezas y conversación diversa, confesó: -En la noche, al solicitar habitaciones, P me dijo que nos quedáramos juntos para ahorrar en los viáticos. No me agradó, pero cedí. Andaba en calzonsotes por la habitación. Cagado que se veía con su panzota y sus patitas flacas. Me veía y me veía. Yo me hacía pendejo. Sospechaba algo, pero mejor me hice el dormido. Ya para apagar la luz, me pidió que me pasara a su cama. No respondí. Insistió.

About GustavoT

Check Also

8. ¿A qué edad comienza y finaliza la menstruación?

100 preguntas sobre sexualidad adolescente

Deja un comentario