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Distopías/Reconstrucción

La ficción de Tania Contreras

Cuando abrió los ojos sabía que algo era diferente, algo de lo que divide al mundo externo de su interior había mutado; levantó la parte superior de su cuerpo hasta quedar sentado sobre el catre que rechinaba y daba pie a un diálogo entre movimientos corpóreos y el sonido de los resortes, intentó despabilarse manoteando suavemente su rostro, abandonar aquel mundo real e inmaterial que parece estático, tan contradictorio, en donde la principal sensación es la incertidumbre hacia el sueño y la vida misma. Cuando por fin logró despertar completamente, con un movimiento suave movió sus pies hasta tocar el piso; el frío del concreto funcionó como un switch que permitió el fluir de los pensamientos y su mente conectó con las sensaciones del cuerpo por lo que de forma abrupta, casi instantánea, se puso de pie.

Dio tres pasos para enfrente con los ojos cerrados, luego se deslizó dos hacia su derecha para finalmente avanzar un paso más, al detenerse la parte baja de su, ahora abultado abdomen, chocó levemente con el lavabo provocando un escalofrío que hizo que abriera los ojos; se miró en aquél reflejo y quedó prendido de la imagen, analizó sus ojos, esa mirada triste que no encontraba ninguna tabla en medio de la inundación y que por más que pataleaba no avanzaba hacia ningún sitio; enseguida se concentró en los bultos debajo de los ojos, la nariz, la boca, lo grueso de los vellos de su barba que apenas y se asomaban sobre la piel áspera; soltó un sonrisa tibia, como si tratara de convencerse de que aquello no estaba tan mal; sin embargo, tardó más en bajar la mirada que en lo que su cuerpo le produjo un asco total.

Abrió el grifo y el agua comenzó a salir de forma habitual, de pronto algo falló, giró toda la perilla pero no consiguió nada; un ruido extraño venía de la cañería, un cohete a punto de despegar entre la oscuridad de los túneles diminutos llenos de moho y sarro salió proyectado, rebotó entre las paredes del lavabo mientras que sus manos intentaron cazarlo; lo tomó, lo levantó, se dio cuenta de que era un tapón de plastilina y con extrañeza volvió a mirar su rostro, sus manos, su cuerpo, el cabello que con solo el pasar de los dedos se desprendía, quería salir corriendo, no había para donde hacerlo.

Foto: Tania Contreras

Desconcertado se echó sobre el catre y notó que esta vez no rechinaba, se aseguró de estar despierto, volvió a manotear su cara con más fuerza que la primera vez, el ruido emitido era extraño y sus dedos tomaban una forma diferente con cada golpe. Al mirarse en el espejo nuevamente notó su cara deformada, sumida y chueca por los golpes, observó sus dedos chuecos e intentó enderezarlos con la otra mano, no pudo hacerlo y en el intento uno de ellos se desprendió del resto. Sus manos empezaron a temblar, sus piernas también pero pudo sostener el equilibrio.

Dudó unos minutos, luego con las palmas de su mano comenzó a juntar la panza que sobresalía de su cuerpo y se percató de que podía moverla hacia cualquier parte, darle una forma nueva, no entendía que ocurría y no quería entender, dentro de sus pensamiento tenía solo una idea; ejecutarla era peligroso pero necesario.
Miró por los barrotes hacia el pasillo largo que dividía su celda del baño de guardias, no había ninguno, sin vacilar aplastó su cara con ambas manos presionando sobre sus cachetes, después aplastó sus hombros; esos movimientos fueron suficientes para colarse entre las estructuras metálicas. Corrió hasta el baño y en su zangoloteo gotas de cabello caían al piso, aplastándose por la fuerza y formando discos negros de plastilina. Al entrar no pudo contener la risa y soltó una carcajada que de inmediato calló. Ya entre los vestidores pensó que no había vuelta atrás, tenía que concretar esa idea aunque se preguntaba si aquella condición era una bendición u otra cosa.

Al fondo del pasillo formado por hileras de lockers estaba postrado, como si del cuadro de un santo se tratara, un espejo de cuerpo entero que reflejaba aquél cuerpo deforme; caminó lentamente hasta estar cara a cara con el reflejo mil veces aborrecido y se dijo adiós. Su mano derecha ya reconstruida se coló por debajo de su pantalón y de un solo tirón sacó un trozo de aquella masa, que tan solo dejó caer al piso. Se tomó su tiempo, al cabo de varias horas una hermosa mujer abandonó el penal.

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