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Descansa a gusto en el brazo de tus sueños…

El problema es la mañana.

El amanecer en soledad marca, entumece, destruye eso que llaman amor propio.

Alejando el narcisismo: me adoro.

No soy parte del común porque los demás no deben padecer el miedo a enfrentarse al mundo todos los malditos días. Desde el momento de abrir la puerta hasta el de cerrarla al volver: siempre ellos, siempre todos, abrazando mi imagen al espejo porque alguien en su ensueño dice que “debo perdonarme”.

Igual y sí: le he fallado a mi familia, a mis amigos, a mis maestros… a mí.

Mi cobardía impide siempre arrebatar de este cuerpo eso que llaman vida. La necedad por ser, demostrar, buscar y aceptar que soy un ser humano con aciertos y fallas, es apabullante.

El día a día de quienes no deben enfrentar esta realidad es así, sencillo.

Nosotros, todos los que soy, tenemos que aventurarnos cada siempre escuchando cosas, viendo cosas, sintiendo cosas. Por eso evito conducir un vehículo automotor, tomar decisiones, decidir frases, llamarte…

Por ejemplo: hay un documental de esa vida que millones de años hace provocó la nuestra. Desde la ceguera involuntaria hasta la fortaleza dental de una mordida, hay una serpiente blanca de cuentos inconclusos.

Ahora veo el error.

Cuando me hallo en el espejo con los dedos entumecidos y un pedazo de tela cubriendo la calva otrora pieza de aires benevolentes, arriesgados y sumisos, caigo en la cuenta: no hay nada. Le dicen alopecia, yo le llamo edad, otros más aventurados dicen que es experiencia. Son solo fallas, errores, absurdos.

Las perlas de mis mares atrapadas en las ondas –ondinas- de mis sueños. Todo eso somos, soy… una apenas formada, un camino por iniciar, un estado diferente porque las analogías vuelan alto. Son cigüeñas, carpinteros, gorriones de pecho amarillo y orgullo intrascendente. Son quetzales majestuosos y viento y lluvia y cadencia de lágrimas al amanecer. Son así, polvo de oro intrascendente, alas de ensueño, jades vivos y apenas muertos. Son, dice el poeta rey, “solo un poco aquí”.

Por eso sé sus nombres, todos.

El espeso pelaje en los muebles es tan incierto como la posibilidad de olvido.

Aquí hay una rosa, allá un anillo atrapado en el anular de un sentimiento forzado, requerido, anhelado.

Así lo digo: descansa a gusto en el brazo de tus sueños porque esos son tuyos y te das cuenta de aquellos que quieres, puedes… debes.

Ahora no entiendo las razones de tu nombre, pero justifico las experiencias, las carnes, todos los suspiros.

La verdad es una.

Hoy sigo doliendo de ti…

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Artículo publicado originalmente en: https://medium.com/ escrito por Benjamin Freeland

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