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Cuerpo, ¿qué me estás haciendo?…

Espacio Mostroso, por Mostro Vacci

Recuerdo que en tiempos pasados tú y yo éramos amigos. Pasábamos los días jugando sin importarnos el paso de las horas. Éramos aliados, cómplices en travesuras y viajes a pie por diferentes puntos de la ciudad. Recuerdo que te amaba intensamente. Todo aguantabas, caídas, carros, raspones, cortadas y una que otra patada en el trasero que recibías por ser raro.

Pero últimamente he notado un disminuido interés de tu parte. Cada vez que me acerco a ti para proponerte una salida, una aventura o cualquier cosa, me dices que prefieres quedarte en casa, que estás cansado, que has tenido un día pesado o que simplemente no quieres. No entiendo, si antes eras tan amante de andar de fiesta, te encantaba desvelarte y bailar toda la noche, conocer gente nueva y socializar y ahora resulta que te hiciste un ermitaño.

En su tiempo el frío no te hacía, cualquier camiseta era buena para cubrirte, ya que las enfermedades no se atrevían a meterse contigo. Podíamos jugar en la lluvia y correr mojándonos los pies por los ríos que se forman a un lado de la banqueta hasta que los pies quedaban blancos y arrugados. Ahora si te mojas un poco desde el taxi a tu trabajo tienes que estar en cama tres días con un resfriado tal que parece que le vendiste tus pulmones al diablo.

Antes gritábamos y soltábamos sonidos tan estridentes que los vidrios se rompían y los perros aullaban. Cantábamos en todos los tonos, desde el más natural hasta el más forzado durante horas y podíamos seguir teniendo una conversación como si nada, ahora noto que si platicamos de más o con un poco de pasión en una charla normal, la voz comienza a sonar ronca y gastada y llega el momento en que ya ni podemos hablar sin toser porque hasta pica la garganta.

Nos íbamos al antro Viernes, Sábado y Domingo y el lunes a presentarse al trabajo a las 6 de la mañana y en la tarde a la universidad para rematar como si nada hubiera pasado. No pasaba que un bostezo frecuente se presentara para recordarnos que nos habíamos portado mal. Últimamente si nos desvelamos el Viernes, ocupamos el Sábado y el Domingo (y a veces hasta el lunes) en cama para poder recuperar la vida. Y eso que no tomamos, no se diga que nos agarre la loquera y nos pongamos a brindar por la vida porque no sé si la libremos el fin de semana.

¿Qué está pasando contigo, cuerpo? Ya todo se ve borroso y a veces las paredes son unas tontas que se me atraviesan y me hacen chocar con ellas. La gente me saluda de lejos y la verdad no sé si es hacia mí el saludo, si es alguien que conozco o si me está saludando siquiera, capaz que me está parando el dedo y yo como idiota sonriendo y saludando como respuesta (aunque me divierte imaginar lo extraño que les ha de parecer eso).

¿Por qué ahora como algo grasoso, picante o ligeramente condimentado y sufro de agruras, gases, dolor abdominal o una diarrea industrial que ha hace cuestionar si en otra vida no hice algo muy malo? Ahora tengo qué llegar a un lugar e investigar donde está el baño por si me dan ganas de orinar y me tengo que preocupar por traer papel por si llega otra necesidad y el sanitario más cercano no tiene rollo. Antes la idea de ir a un baño público era inconcebible y ahora agradezco su existencia porque todo parece una cuestión de vida o muerte.

Últimamente me duele la cintura, el cuello, el codo, la lonja, el ojo, el diente, el dedito del pie que me golpeé hace diez años porque “todos los golpes salen tarde o temprano”. En las noches de frío me veo a mí mismo frotándome las piernas para hacer calor cuando de niño me reía de los viejitos que lo hacían. Yo no era friolento y ahora no logro calentarme el lomo ni los pies.

De mis labios salen expresiones como “en mis tiempos” y “hace años que…” cuando esas eran las expresiones de mis abuelos. O la peor de todas: ya estoy muy viejo para eso, ¡auch! Esa definitivamente es la más dolorosa. Yo de chico pensaba que mi alma siempre sería la de un niño, y a pesar de que soy inmaduro mentalmente, tú, mi querido cuerpo me recuerdas mi edad cronológica.

Y eso que sólo tengo 36 años, me da miedo imaginar la gama de dolores y molestias que van a llegar a invadirte, mi adorado cuerpo cuando tengamos 50, si es que llegamos. Al paso que vamos nos vamos a convertir en polvo en los siguientes años, jajajaja.

¡Me has traicionado, cuerpo! Me has dejado abajo. Pensé que siempre ibas a ser fuerte y que íbamos a tener muchas aventuras juntos, pero te has hecho flojo y llorón. No aguantas nada. Te la pasas quejándote de las cosas que antes te hacían reír. Te parecía ridículo que la gente se quejara tanto y ahora resulta que tú haces que yo me queje. María Dolores diría mamá Vacci. Me decepciona ver cómo te deterioras y me abandonas. Me molesta ver cómo te haces débil y fragilucho. No me trauma que te arrugues, eso es natural, pero sí me causa una gran tristeza ver que me estás fallando.

Ahora todo te molesta, todo es irritable, todo es peligroso. Antes podías todo y ahora no hay limitante que no encuentres para usar como excusa para no hacer las cosas, ¿dónde está ese espíritu valiente y aventado que se lanzaba de los árboles? Ahora hasta para bajar de la banqueta lo haces con miedo de torcerte el tobillo. Te has hecho un cobarde.

Es hora de que salga a hacer ejercicio uy comer mejor, no es posible que me sienta tan cansado a mis 36 años, me rehúso a dejarme caer y también a que te des por vencido, me voy a ir a caminar unos kilómetros… pero más tarde porque ahorita me duelen los pies y tengo que sentarme un ratito…

Y a ustedes, hermanas, hermanos, ¿qué les duele? Compartan… si el artritis les permite…

Saludos afectuosos.

Mostro.

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