sábado , noviembre 17 2018
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… Con las yemas de los dedos, recorrí la espalda de quien estaba junto a mí…

Soy Buga, la columna de GustavoT

Hay días que, igual que a todos, sin distingo de ideología, sexo, preferencia o motivancia, tienes ganas de permanecer más tiempo en el descanso… la cama se vuelve un espacio de lucha (con uno mismo). Perdía el encuentro mi sentido de responsabilidad, pues esta ocasión no se trataba de un asunto laboral, sino de levantarme para ejercer mi obligación político-cívica, de una coyuntura histórica que es un parteaguas en la vida de mi país; evidentemente, en la mía.

Con el menor uso de energía posible voltee mi cuerpo hacia el lado de la cama, pues la cortina permitía el paso de la luz del día; jalé las sábanas y posicioné mis brazos entre mis piernas; al bajarlos, rocé algo de tacto suave y tibio, hecho que me sorprendió. Luego, percibí el aroma. Seguramente, mi sentido olfativo se había acostumbrado, porque en mi sinsentido, dormía solo y sin ningún problema (o sea, estaba solo).

El miedo imperó en mi persona. Primero, no llegué a casa. Como he comentado, respeto la regla impuesta en los inicios de la adolescencia, siempre llego a casa, aunque sean minutos antes del amanecer o de las 7:00 horas, llego a mi espacio de vida. Aún, no amanecía.

De manera paulatina, intenté abrir mis ojos. Imperaba ese miedo de la pérdida de memoria que alguna vez me ocurrió, parte de convivencias etílicas, cuyo resultado era amanecer con cuerpos extraños y mi ansiedad por llegar a casa… solo. Me vencieron los párpados en mi desigual lucha y convencí a mi extremidad izquierda a mover un dedo, luego la mano y, después, respondió mi brazo, aunque usó demasiada energía para apenas unos centímetros.

El temor vino en realidad y percibí un objeto que desprendía calor en el primer contacto. Lo más difícil es que percibía lo agradable de esa energía; ya con el ansia que golpeaba la curiosidad  –claro, sin dejar entrar en mi interior ni un haz de luz–   inicié el recorrido hacia la zona superior, para evitar que, de tratarse lo que presumía, tocara zonas que impidieran dormir un poco más.

Lamentablemente (miento, no lo lamento), toqué la zona más excitante: Inicié mi viaje por su espalda con ese sentido que todos debíamos desarrollar, pues tiene una infinidad de sensaciones que no nos enseñan a experimentar.

Con las yemas de los dedos índice, medio, anular y un costado del pulgar recorrí la espalda media de alguien que estaba junto a mí. Ante la cercanía, me percaté de una estupenda lordosis, cuyo inicio apenas toqué, porque me desplacé por su zona media. Dirigí los pasos de mis huellas dactilares hacia la Cresta Ilíaca y Fascia Toracolumbar, dos músculos que flanquean la columna vertebral y dan vista al puente que une el Olimpo y la realidad onírica.

Determiné enfrentar mis miedos: Abrí los ojos y ante mí una espalda morena obsequiaba la vista de un cuerpo, cuyo tacto era imposible despreciar. Me atreví a posar mis labios en los más de 1.60 metros de su piel suave. Tuve el cuidado de no enredarme en sus negros cabellos que cubrían su espalda y sentir el sabor de su olor que emanaba de sus gruesos y bien torneados muslos, piernas, plano abdomen, y notables semicircunferencias en los lugares precisos.

Abrí la puerta, aún en la luz de la madrugada. Me recosté en mi cama y evoqué su recuerdo, mientras encendía un cigarro, porque el sueño había desaparecido. De pronto, en la invasión de la privacidad del pensamiento, llegó a mi espacio la molestia de un comentario hecho por quienes carecen de la disposición de un pensamiento positivo y pretenden que el no asumir responsabilidades y dejar las obligaciones a otros, les permitirá continuar con su vegetamiento: No votaré o anularé mi voto.

Hice a un lado el recuerdo y dormité por un rato; dormí en pausas. Me bañé, vestí y fui a cumplir con lo acordado con la esperanza de un cambio. Me sorprendió las filas de personas con la intención de formar parte del histórico episodio, por lo que decidí comer algo en algún lugar. En las pantallas de TV del restaurante, un juego de soccer del mundial de futbol que jugaba en mi plato de chilaquiles con huevos y salsa verde con aguacate. Picaba poco. La adoré.

Abandoné el lugar y coincidí con el inicio del segundo tiempo. Las filas no lo eran tanto, por lo que no tardé en ejercer mi derecho. Conversé con los llamados funcionarios de casilla sobre las personas que habían acudido y, otra vez sorprendido: “copiosa la votación”. Acordé que iría por la tarde.

Mi curiosidad prevaleció, por lo que abandoné la casa de mi hermana, a quien me agrada verla de manera ocasional, y cerca de las 16:00 horas llegué a satisfacer mi curiosidad que rayaba en morbo. Me di tiempo de observar a las personas que llegaron con hijos, perros, personas de edad avanzada que llegaban con bastón, muletas o silla de ruedas; aclaraban que eran sus familiares y les ayudarían a cruzar las boletas.

Un alto porcentaje de quienes acudieron iban vestidos informalmente, pero lo que llaman presentable. Recordé lo que de niño decían que debía reservar las mejores prendas de vestir para el domingo.

Incluso, en momentos no parecía una casilla electoral, sino el atrio de una iglesia o un espacio público donde se encontraban amigos y con saludos en voz alta se abrazaban ellos y sus familias. Acordaban encontrarse en tiempos próximos.

Decidí sentarme en un escalón de las escaleras de la escuela, donde fue instalada la casilla. Apenas instantes duré, porque llamó mi atención una fémina guapa de unos 35 años, ataviada de unos pants azules con franjas naranjas y que, necesariamente, llamaba la atención con su gorra que dejaba salir una cola de caballo de cabello y las redondeces que mostraba su ropa deportiva.

Empero, la atención de quienes estábamos allí obedeció a su soliloquio que hizo para sí misma en una efusiva expresión, al dirigir su mirada al cielo: -Ojalá y respeten mi voto. Es necesario un cambio. ¿No entiende la gente que el país necesita un cambio? No entiendo, por qué hay quienes quieren continuar con lo mismo… No les importamos. Ellos siguen y seguirán robando.

No me percaté que había amarrado a su perro en el barandal de las escaleras en donde me encontraba. Nos sonreímos. Y aunque lo duden, no voltee a verla; aunque fue supremo el esfuerzo por no hacerlo, porque merecía (yo) una mirada más.

Como si se hubieran puesto de acuerdo en la hora, otra mujer, pero de veintitantos, igual, guapa, aunque no tan llamativa, salió de la cortina de plástico y vociferó: -Eso no debe ocurrir. ¿Por qué pagar a gente ignorante que solo ocupa un espacio de legislador? Y tan altos salarios y prestaciones. Debemos unirnos para que ganen lo mismo que cualquiera de nosotros. No puede ser posible tanto dispendio.

Empero, hubo dos comentarios que me causaron mayor sorpresa. Ambos, de mujeres mayores, aunque no compartían la visión del mundo. Una, cuya apariencia (vestido y actitudes) mostraba una vida sin complicaciones.

La reconocí, no solo porque hemos coincidido en lugares públicos, al vivir en la misma zona, sino porque hubo quien alguna ocasión me comentó que alguien la dejó bien asegurada para su vejez, ya que le dieron dos pensiones, “de las altas; quien sabe cómo las consiguió, pero se ve que fue guapa”.

La segunda, de un vestir y actuar sin pretensiones. Me paré a saludarla, porque a sus casi 70 años, aún trabaja: he acudido a su comercio para adquirir sus productos. Muy amable en su trato. Tomó mi mano, la cual extendí para despedirla de mano. Su mirada fue la expresión de un niño cuando va a entrar a la escuela, por primera vez: -Lo vamos a lograr. Esta vez, sí va a ganar.

 

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