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Cogiendo a la vieja usanza

La verdad es que no hay nada como coger  a la vieja usanza. Los de la old school  apreciamos el esfuerzo de invitar una copa de vodka y el cruce de miradas que indican la más íntima de las relaciones, al menos por un par de horas.

A veces, cuando mi lado desestresante y antiansioso lo permite, salgo por las noches a beber una cerveza.

Ahora que están resurgiendo las noches de jazz y blues en  la Bella Airosa, un martes agradable conocí a un sujeto cuyo nombre no recuerdo.

De fondo la tan hermosa saxofonista interpretó la canción con la que quería casarme: la siempre La vie in rose, ahora Piaf ya solo ameniza mis encuentros sexuales favoritos.

El sujeto cuarentón, de rostro marcado pero de sonrisa amplia, esa que indica que ha sobrevivido a las más locas mujeres, me dice que va terminando una relación de 10 años.

¿Imaginan? ¡Tanto tiempo sin ver más de una vagina! A menos que haya sido infiel. Luego, cambió radicalmente de tema, lo que indica que no está para nada superado el rompimiento, y dijo que es feliz viviendo solo.

Habló de refrigeradores, típico de los que valoramos el tener un espacio frío para nuestros alimentos con el fin de sobrevivir a nuestro modo independiente.

Luego prendió fuego a mi cigarrillo y así hasta que me fumé seis. Él dejó el tabaco siete años atrás de nuestro encuentro.

Y aunque no me invitó vodka, su profesión le dio la posibilidad de pagar todas las Lager que me bebí.

Apliqué el clásico truco del “tengo frío” para saber si él pensaba lo mismo. En un gesto de amabilidad, que en Tinder ya no se encuentra, me cedió su suéter.

Olía bien, seguramente su exesposa extrañaba ese olor que fue suyo 10 años. Sin embargo, yo tenía esa noche.

Y no hablamos de ñoñadas, ni super héroes, ni cine, series o ningún otro tópico que ahora sirve como preámbulo para la cogedera.

De nuestras bocas solo emanaron palabras de adultos hablando sobre la vida. Nunca tuve que mirar el celular.

El hombre conocía el lugar así que era un buen candidato a responder la pregunta de cuál era el baño de mujeres y mientras yo pensaba en la famosa canción de Mijares, respondió que podía orinar donde quisiera.

Y mientras me irritaba el tener que hacer mis necesidades donde muchos varones sin puntería ya habían estado, lo que arruinaba mi relato de coquetería añoranza, se abrió la puerta del baño.

Entonces bendije la nueva escuela. Como ya no había baños específicos para hombres y mujeres, aquel encerrón me hizo olvidar lo minimalista y avanzado del hostal en el que estábamos.

Me apoyó en las paredes de madera y como ocurre con las mentes conectadas, yo le desabroché el cinturón y me quitó la braguita negra que desde la mañana auguró un día prometedor.

Monté en su miembro erecto y lo introdujo sin juego previo. Ya estaba húmeda y empujó hasta terminar.

Todo el tiempo besó mis labios, sí a la vieja usanza.  Ahora mi vagina olía a él. Toma eso maldita ex de 10 años.

En algún momento del encuentro, el jazz dejó de sonar. La fiesta había terminado y ya solo quedaron los borrachos que ya no recordarían nada al día siguiente.

Ambos comprendimos que podíamos salir juntos sin temor a la crítica…

Agarró la cajetilla y encendió un Malboro. Ahora ya fuma, maldita perra. “Vamos, te llevo”, sentenció el individuo de la vieja escuela para continuar una noche que duraría cuatro horas más.

 

 

 

 

 

 

About María Fernanda Soto Aguilar

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Articulo publicado originalmente en http://www.feminist-reprise.org escrito por Charlotte Bunch

One comment

  1. Daniel Correa Gallardo

    Qué exquisita historia, excelente para iniciar la semanita.

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