viernes , diciembre 4 2020
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Caricias visuales…

Hoy es el primer día del resto de mi vida.

Las aguas saltan, corren, evaden y destruyen rocas, parajes, momentos, vivencias.

Hay cientos, miles, quizá millones de asentamientos alrededor de este vacío con todas sus infinitas voces llamando, exigiendo y ofreciendo explicaciones para evitar soledades. Así son los seres humanos, al menos en su muy odiada mayoría.

Habitamos en un suburbio sin vista a las montañas o al mar o a la calle. Estamos cerca de nada y lejos de todo, pero así disfrutan y el silencio las mantiene calmas. Cada mañana los rayos del sol desgracian el descanso y nos recuerdan siempre el exterior, donde hay una vida y muchas muertes. Le llaman “realidad”, otros “castigo”. Nosotros le observamos todos los días como un sinsentido, absurdo y molesto “cotidiano”: aburrido, tedioso e inverosímil “cotidiano”.

Qué importa.

Bajo estos pies y sobre estas neuronas gira la idea. Agua. Debemos morir en un lugar acorde al interior: libre, salvaje, indomable. Acompañados de visiones y nuevas esperanzas al cruzar la calle, agradecer el trato, saludar a alguien. Obedeciendo las reglas de los otros por ser mayoría, pero siempre fieles a la oscuridad previa, aquella resuelta a salvarnos de nosotros mismos por ser alguna vez parte luz, parte fe, parte amor.

A veces entienden y argumentan razones ocultas e irreales pero certeras y, la mayor parte del tiempo, tienen razón. Lo sé, la frase podría ser tan redundante como real… o no.

Esta mañana por ejemplo, leía tranquilamente una serie de ensayos escogidos del poeta serbio Charles Simic. Los perros cuyo humano soy estaban tirados al sol en el patio. Apenas algo de sonidos lejanos y las ramas del árbol que ha crecido en la entrada del espacio que ahora me guarece se movían ocasionalmente.

Escucha-, susurró una, –es hermoso-.

Dejé la lectura y percibí el zumbido. La imaginación empezaba a hacer de las suyas pero el aleteo, el verde azulado del cuerpo, y el largo pico lo impidieron. Un colibrí se daba gusto con las flores amarillas y estuvo ahí casi dos minutos, alimentándose de una y otra. A gusto y a la vista de Morgan, Mamba y Jack, quienes ni se inmutaron cuando la avecilla se acercó a su territorio.

Les llaman también “chuparrosa”, otros “picaflores” y algunos más “chupaflor”. Para mí son almas. Caricias visuales de quienes ya no están y extrañan, no es idea mía por supuesto, la leí por ahí en algún sitio y me gustaron la descripción y el argumento, así que me la apropié. Usted perdone.

Es cierto. Es un ave maravillosa y entonces dudé: “¿los colibríes toman agua?”. Investigué y encontré cosas que ignoraba. Viven especialmente en zonas cálidas, se alimentan de néctar (una disolución de agua y azúcar), y su organismo absorbe al menos 80 por ciento del líquido, lo cual significa que sus riñones son una eficiente máquina de filtración; además, por sus condiciones fisiológicas, ¡debe beber entre cinco y 15 veces el equivalente a su masa corporal cada día!

Bellas y curiosas aves, sin duda.

-Ya, relájate, aunque tienes razón: es hermoso-.

Perdido como estaba en la contemplación, se activó la alarma. Hora de las medicinas. Sabina empezó a cantar y escuché con cierta nostalgia la frase “… y la vida siguió/como siguen las cosas que no tienen mucho sentido/una vez me contó un amigo común que la vio/donde habita el olvido…”.

Esa era otra historia.

Lo cierto hoy era cuánto extrañaría toparme con estas avecillas en mi búsqueda de agua, pero ahora comprendo lo infundado de mis temores.

Quizá nunca dejen de hallarme…

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Artículo publicado originalmente en: https://www.history.com/ escrito por editores de History

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