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… buscó en cada lugar de su existencia saborear su olor…

SOY BUGA, la columna de GustavoT

Considero que el respeto a los demás es fundamental, no sólo por el entorno social en que vivimos, sino por la persona en sí, al interior; implica madurez emocional.

Los gustos, y proclividad, se adquieren con el transcurso del tiempo, lo cual permite aprendizaje que surge con el actuar social cotidiano. Insisto: vivimos entre fijaciones y regresiones.

Las influencias externas son elementos importantes que se desarrollan con el crecimiento y maduración personal que salen en cada persona en gustos y formas de actuar.

Cuando conocí a mi C no tenía idea de que pertenecía a la banda. Su preferencia sexual la supe con el vínculo diario, aunque algunas de sus formas me hacían pensar al respecto.

No obstante, tenía cierta debilidad por los Osos, afinidad que desconocía; luego de algunos años, entendimos que el gusto por personas corpulentas, gordos como les llamaba, era porque su padre era así. “Me gustan sus chichis, sus panzas, sus nalgas; si tienen pelo, mejor”, decía. Aunque no lo compartía, lo respeté.

Me hizo recordar los comentarios de compañeros de trabajo que tuve. Aún cuando eran heterosexuales, compartían su gusto por la “carne en abundancia”. Les gustaban las redondeces femeninas llevadas al otro extremo.

Uno de ellos me platicaba su fascinación (¿excitación?), por mujeres de tallas grandes: -No me importa que sus calzones sean tendederos o casas de campaña, pero me gusta sentir la tersa piel de su rostro, brazos y senos, el contraste que hay con la corrugada piel de sus piernas y nalgas; es una textura incomparable, decía.

Caminábamos por la calle y aunque había muchos distractores femeninos, de muy buen ver y por quienes sentía atracción, no eran motivo para que perdiera su concentración; parecía que había entrado a un impasse en éxtasis, por el rostro que tenía y las expresiones de satisfacción traída al presente de momentos vividos en la adolescencia:

-Tuve una novia que era gorda, grande y robusta; era como dos veces yo; tenía grandes bustos, piernas torneadas y cintura pronunciada seguida de grandes nalgas… redondas y paradas, pero grandes… Me gustaba estar con ella, no sólo por su forma agradable de ser, sino porque ella se gustaba, le encantaba su cuerpo y yo lo disfrutaba. A veces, era hostigada por sus compañeras y compañeros, con quienes me pelee para que la respetaran, argumentaba.

-No entiendo. Eres galán, buena estatura y complexión delgada con mucho pegue con el sexo opuesto…, le dije. –Y con el mío también, interrumpió.

-Sí, me he fijado que eres atractivo a las personas de ambos sexos; por eso, no entiendo tu gusto por las mujeres de medidas amplias, pues tu mamá también es una mujer muy guapa que cuida su alimentación y figura; incluso, si no fueras mi amigo, habría buscado la manera de…, comenté a manera de esperar una explicación mayor. Me miró de manera despectiva y continuó:

-No sé. Me gustan las mujeres así. Me gustan todo tipo de mujeres, pero más las gorditas. Esa novia que tuve me hacía como quería; o, mejor: la complacía a más no poder, aunque ella no me pidiera nada. Era mía, sólo para mí; y como a nadie le gustan rollizas, pues no me preocupaba la competencia, aunque alguna ocasión le hice una escenita de celos por un güey que la toqueteaba.

-Tú a ella. Y, ¿ella a ti?, porque entendería que ella fuera la posesiva y celosa, le expuse.

-No. Ella no me celaba. No importaba si me veía con la más buena de la escuela, nunca me dijo nada. Me esperaba un rato para irnos a su casa; si me tardaba de más, me hacía señas de que se adelantaba y sonreía. Me gustaban sus dientes, muy blancos. Muy limpia la chava.

Y continuó: -Me cae que no la engañé nunca. Estaba enamorado de ella, no sólo por la persona que era y que motivó para que continuara mis estudios, sino por su cuerpo. La primera vez que tuvimos sexo fue especial…

Su conversación era transparente; podría decir que transmitía la emoción de lo que vivió y cómo evocaba el pasado, su pasado anhelado. –Dijiste que la toqueteaba alguien. ¿Se dejó?, pregunté. –Para ser honestos, no la toqueteaba, pero le acariciaba los brazos y cabello. No me gustó y me encabroné. Sólo fue eso, más nada, explicó.

-La primera vez fue de los dos; me refiero a que para ambos fue la primera vez. Ambos sabíamos de sexo; incluso, lo habríamos practicado antes cada quien por su lado, pero es como si hubiéramos sido primerizos, porque fue enamorados. Ocurrió sin pensarlo, como pasa a esa edad.

-Estábamos en su casa, su mamá aún estaba en el trabajo y no le preocupaba que ocurriera algo entre nosotros, porque pensaba que yo no tenía ningún interés por ella, al ser de complexión robusta. En su casa solo sabían que éramos amigos, compañeros de la escuela:

-Era un día normal de fin de semana. Después de haber ido a jugar Basquetbol al parque, me bañé y cumplí con los deberes de la casa de mis padres; por la tarde, pasaría por ella para ir al cine. Nos gustaba ir a ver cualquier tipo de película. Nos sabíamos la cartelera y habíamos visto casi todas… Te respondo antes que preguntes: No me apenaba andar en la calle con ella…

Seguramente se percataba de la cara de interrogación, sorpresa, incredulidad en mis formas, ya que aclaraba cualquier duda que pudiera generarse.

-No te lo iba a preguntar, pero hay a quienes les da pena ir con una persona fea o gorda…, le mencioné sin pensar.  –No sé a los demás; a mí, no. Y la molestaban de manera indirecta, otras muchachas que pasaban en el centro comercial, pero nosotros estábamos en lo nuestro.

Te decía: -Llegué a su casa para ir al cine o a algún lado; mientras esperaba a que terminara de vestirse, encendí la TV y veía una película. Llegó minutos después y se sentó junto a mí, para esperar la hora de irnos. De pronto, nos recostamos uno junto al otro. No acostumbrábamos abrazarnos en su casa, porque no sabían que éramos novios y, principalmente, por respeto a su espacio, explicó.

Continué en silencio y con toda la atención en su relato:

-Hice un movimiento sin pensar y mi brazo derecho la abrazaba; quedó mi mano en un roce con el inicio de su nalga y el inicio de su pierna izquierda. Cruzó su pierna y mi mano la tocaba completamente. Paulatinamente, tuve una erección. No se notó por mi posición y comencé a acariciarla. Sentí su tibieza y pasé mi mano por debajo de su blusa. Tenía su brazo en mi cara, lo besé y pasé mis labios en repetidas ocasiones por su piel hasta llegar a su mano, cuyos dedos besé uno a uno.

Buscó mi boca y nos besamos. De los besos más intensos que he disfrutado. Mi otra mano había recorrido su vientre cálido, pasó por debajo del brassier y llegó hasta uno de sus senos que acaricié lentamente; lo recorrí hasta llegar al otro seno. Mientras la acariciaba y besaba, ella recorría su boca y lengua por mi cuello, oreja, mejillas, ojos, cejas; mordisqueaba mi barba y labios.

Perdimos la noción de tiempo y espacio. Sólo habitábamos este mundo ella y yo. Le desabroché la blusa y le quité el sostén. Dispuse de toda su piel y su olor me excitaba cada vez más, en particular su cabello castaño oscuro que caía por su espalda sin manchas o líneas.

En el piso terminamos por quitarnos el resto de la ropa. Eran roces al desprender las prendas de los cuerpos. Me recorrió desde el cabello hasta mis pies; no dejó un espacio sin probar. Mi lengua, labios, dedos y todo yo, buscó en cada lugar de su existencia saborear su olor.

No sé cuánto tiempo pasó. Recuerdo muy bien que recorrimos toda la sala, porque necesitamos esos apoyos para disfrutar de nuestros cuerpos y nuestras esencias.

Continuamos así por muchos meses. Hasta que un día, no supe más nada de ella. Desapareció. Llegué a su casa y nadie me abrió. Esperé por horas en la puerta hasta que apareció su mamá, quien no me dijo a dónde se había ido. No me trató mal, pero no fue lo cortés y amable de antes. No hubo argumento, sólo que se había ido y no la buscara.

Sin reclamarle, le dije que me parecía extraño que no se despidiera o, al menos, una carta con una explicación. Lo único que salió de ella fue su silencio acompañado de una lágrima. Sin ninguna expresión en el rostro, sólo rodó por su mejilla y dejó una estela húmeda. Insistió en que no regresara.

Intenté buscarla con otros integrantes de su familia, los pocos que conocí, y con quienes tuve algún contacto. Nada.

Paulatinamente, regresé a mis actividades que ya habían cambiado. Me refugié en la dinámica del hospital.

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