domingo , septiembre 15 2019
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Buguería en Reforma…

… Su mano izquierda urgaba por la parte interna de sus piernas, las cuales se abrían discretamente para permitir el lento paso de los dedos.

Interesante la forma en que C (mi querido amigo, por quien este espacio se llama Soy Buga, ya que me presentaba así, a veces, de manera despectiva: -Es Buga… Me explicó alguna ocasión que me decía de esa forma, para evitar que fuera objeto de intentos de…), me platicaba de sus amoríos y los cuidados que tenía para encontrar una pareja. Lo recordé, ya que escuché una historia en un café, a donde acudí para leer el periódico con tranquilidad, en un tiempo libre al salir de mi actividad laboral.

Era una cafetería pequeña con mesas cercanas, lo cual te permitía, si ponías atención, escuchar conversaciones ajenas. Y así ocurrió. Al igual que de pequeño hacían los padres, para respetar la privacidad de las personas, le reprendía por hacerlo. No obstante, mi C insistía: “¿Escuchaste lo que decían?”, me platicaba, a manera de chisme; sus palabras tenían toda mi atención: describían la vida de alguien, a quien nunca más podría volver a ver. No es que me guste fisgonear, pero las historias eran buenísimas.

Dos mujeres guapas, de las que volteas a ver en la calle, ni sabían ni les importaba mi presencia. Una morena trigueña, de estatura mediana, larga cabellera color negro, arriba de la cintura, boca carnosa, nariz recta, cejas pobladas, ojos color café, cuya mediana cintura pronunciaba más sus amplias caderas y redondas nalgas, seguidas por muslos, cuya falda la hacía más llamativa, al dejar ver gran parte de la piel. Irradiaba belleza por donde la miraras. La mujer blanca, de parecida complexión y también agradable a la vista.

El sitio en el que se encontraban era estratégico, porque desde cualquier punto del lugar, incluso desde la avenida más importante y bella de México, según los expertos urbanistas, a quien se veía era yo, porque eran cubiertas por la parte trasera del mostrador con paquetes de galletas, servilletas y diversos objetos.

Seguramente, eligieron esa mesa por la discreción que les permitía; mi presencia hacía que las miradas o curiosidades se desviaran.

Inocultable su emoción, por lo que aparentaba el inicio de un vínculo amoroso. Llegué a pensar que esperaban a alguien, pero perdí el hilo de la conversación, porque distrajo mi atención una fémina de características similares que había pasado cerca de mí e intercambiamos miradas y sonrisas de saludo. No la perdí de vista hasta que salió del lugar. Igual, se despidió de mí al voltear por sobre su hombro izquierdo y un movimiento de sus labios a manera de semisonrisa: levantó su ceja izquierda. Me fascinó.

No la seguí, porque al voltear sin saber lo que motivó mi instintivo movimiento hacia la mesa contigua, vi la cabellera negra que cubría el rostro y se juntaban las puntas del cabello con el rubio cenizo; una mano morena encima y otra blanca se acariciaban con la ternura del amor intenso que da la pasión de la medianía de vida.

Me levanté de mi lugar, ante la envidia que tuve por, siquiera, el rose de los labios carmesí que contrastaban con la tersidad de la morena piel. Me vi al espejo con las manos húmedas y recordé otra vez a C, quien me decía sobre las posibilidades con el sexo opuesto por la ayuda que la naturaleza me brindó. Y le respondí lo mismo que esa vez: -No es suficiente. Para que ocurra algo con alguien se requieren más elementos… Además, no con cualquiera…

Regresé al sitio donde me encontraba. Cambié de silla con la pretensión –dije a la mesera cuando le solicité otro café (solo tomo un café al día), para ver el anochecer y la diversidad de luces– de observar detenidamente y escuchar, ahora sí con atención, la historia que llamó mis sentidos.

-Claro que me gustas. Desde que te vi. Me gustan tus labios, tus senos, tus nalgas, tus piernas, tu sonrisa, tu cabello… Toda tú… Interrumpió la explicación cuando acercó su rostro moreno a su interlocutora; se detuvo un instante para mirar sus ojos y, sin dejar de hacerlo, besó su labio superior; lo recorrió con besos pausados, tibios, suaves; siguió hasta el labio inferior, el cual mordisqueó con sus dientes y saboreó con su lengua.

Su mano derecha apretaba la mano de su compañera, mientras la izquierda recorría la parte externa del blanco muslo derecho, desde la rodilla hasta la cadera y tocaba parte de su cintura y su nalga; en ocasiones, hurgaba por la parte interna de ambas extremidades, las cuales se abrían discretamente para permitir el lento paso de los dedos. La corta falda tableada apenas se movía, sin permitir que pudiera verse un espacio más de la blanca piel.

Parecía que yo era el único que se daba cuenta de lo que ocurría. Nadie, ni la mesera, el personal o los comensales se detenían ni a mirar las caricias. De pronto, separó sus labios: -¿Y qué vamos a decir cuando lo sepan?

–Nada. No hay nada qué decir. No tienen por qué saberlo, respondió con seguridad. -¿No somos amigas?, añadió con un movimiento de hombros y resignación.

-¿Y si S se da cuenta? ¿Si tu esposo ve tus mensajes?, dijo la primera. -Los ha visto, porque le he pedido que abra mi teléfono y hasta me los ha leído. –Sí, pero no había nada más que nuestra amistad. Ahora es diferente, argumentó.

–No tiene por qué. No hay nada mal en que dos amigas se envíen besos o usen “te quiero” en sus conversaciones o de despedida. Saben de nuestra relación desde la escuela, insistió en la defensa. –Sí, pero nunca hubo nada, respondió de manera aprehensiva. –Porque no quisiste, añadió con un dejo de liviandad. -Esto es diferente. Lo sabes…

Unieron sus bocas y lenguas. Parecía que al cerrar los ojos se transportaban a otro espacio y tiempo. A donde podían estar sin estar. Cerca estuve de preguntar el motivo de que no estuvieran en un hotel, aunque solo fuera una hora, sin que nadie supiera de sus distracciones de vida.

Imaginé cómo habría sido, durante las más de dos horas que permanecieron en el café:

Entraron a la habitación, dejaron sus pertenencias a un lado, sus joyas en otro, se abrazaron y besaron. Una, recargada en la pared, mientras la morena desabotonaba la camisa y quitaba el brassiere; subía los pliegues de la falda para tomarle las nalgas y se deslizaba por sus senos y vientre; safó la prenda y deslizó paulatinamente las pantaletas. Recorrió sus muslos para llegar a sus piernas y subir a su entrepierna…

Dejé mi imaginación cuando escuché que pidieron la cuenta. La mujer de tez blanca respondió un mensaje en su teléfono celular. Salieron como cualquier par de amigas… sonrientes. Esperaron unos minutos y dos personas de edad similar aparecieron. Cada una besó en los labios a cada uno de ellos; luego, en la mejilla del otro.

Caminaron de la mano, cada una con su cada cual, entre las luces multicolor, en contrasentido de la avenida más bonita de México.

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