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Ambos disfrutamos la sensual distancia…

Siempre paso cerca de ese árbol.

A veces solo camino porque, ya saben, disfruto andar, observar, pensar, y él siempre está, sea cual fuere el momento, la duda o recuerdo, está.

Lo he visto con las hojas amarillentas del otoño y las ramas desnudas del invierno. Al amanecer y a la mitad de la noche, cuando ya no hay nada por decir y siempre un lugar ajeno al que llegar. Espera y mece sus ramas al ritmo de la oscuridad y el capricho del viento precedente a la lluvia.

Sus frutos son incomprensibles al igual que la naturaleza y todas nuestras madres deseando mejores caminos para la perdición de estos y otros pasos: surgen rojos de flores amarillas.

Más de una vez he envidiado la fortaleza del arraigo y la no menos diligente disposición para reconocerse en el susurro de nuestra olvidada Pachamama, pero parece no importarle. Se sabe poderoso y único porque no hay otro como él en toda la calzada y quizá hay razón, por un segundo/luz, tiene razón.

Pero no soy el único.

Kyra, la hermosa cruza de pastor inglés de la casa vecina, le adora. Siempre le observa, sin importar la presencia de otros seres vivos y antes de cualquier reacción, se asegura de tener el consentimiento. Entonces ladra o apenas se alcanza a incorporar para dar un lengüetazo al extraño de los pasos silenciados y la voz mermada de tabaco y acuciosa ventura, si es que tal cosa puede existir. Mueve la cola sin necesidad de viento y él espera. Está pendiente del llamado y la duda. Aprueba el hacer o rechaza la disposición y Kyra y yo somos cómplices y sonreímos porque está ahí, vigía… demandante.

Se trata de un árbol de nombre desconocido y poderosas raíces decididas a reventar la tierra de las cactáceas, a abrirse camino entre todos los “alguien” que tampoco entienden; a avanzar, a convertirse en la mejor forma de vida en ese espacio: sin rechazo… sin olvido.

A veces encuentra la reja abierta de su casa y también la de la alambrada y no duda en acercarse, olisquear, marcar su territorio.

Kyra ama al enorme árbol de desconocido nombre y juguetea bajo su sombra corriendo tras gorriones que desde las alturas celebran siempre con sus trinos las ocurrencias del hermoso animal. Incluso cuando observa a una escurridiza ardilla o desde su encierro me ladra para desearme un gran día o un mejor descanso.

A veces solo está ahí, echada sobre la plancha de cemento, bajo la sombra del auto, y es tanta la desidia que apenas olisquea. Ella sabe que soy yo y en un gesto de buena vecindad y algo de empatía mueve apenas el apéndice para abrazar el distante encuentro.

La he sorprendido varias veces mirando con tristeza hacia el poderoso árbol al otro lado de la calle. Y si no hay viento es evidente la falta de respuesta del majestuoso ejemplar de la desconocida especie: permanece soberbio e inalcanzable para ella y para mí porque está al otro lado de una enorme cerca de metal frío y gris.

Eso compartimos. Ambos disfrutamos la sensual distancia de esa maravilla y nos conformamos con saberle viva y escuchar ocasionalmente el murmullo de sus ramas y hojas.

Kyra vuelve a dormir y yo, en realidad, solo camino…

 

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