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A la distancia, alas de gaviotas…

Reencontré la playa y miles de arenas.

Lo sé, la oración es errónea y quizá debí referirme a individualidades y no a los cúmulos en una frase de plurales divididos.

¿Qué necesidad de molestar así al lenguaje o incomodar al idioma?, no interesa la respuesta, sino lo que en ella quiere estar, traer y ser: una playa de miles de arenas.

En todo caso podría ser desierto o costa, a menos que mis necesidades y caprichos se refieran a una ubicación particular.

No lo había pensado: todas van y vienen, todas andan, todas cambian, con todas hay la posibilidad de crear y destruir… todas traman…

A Neptuno no le importa y Atlantis puede o no resurgir. Tampoco interesa.

Y con el descubrimiento y el olvido llega la necesidad de saber, aprender o recordar. ¿Cuántos matices de blancos puede crear una sola ola?, ¿cuántas olas han llegado aquí mientras intento describirlas?, ¿cuántos argumentos?, ¿cuántas voces?

Por eso se buscan respuestas y también por eso el vaivén eterno de las aguas cubre rocas, motivos y pretextos: sobre la marea elevada y harta, con la luz guía y el sonido del mar reclamando territorios en noches plenilunio sobre el último rincón de este océano que se adivina profundo e insensato.

Luego el naufragio, la nao dividida entre la realidad y el ensueño. La embarcación a punto de ceder o quizá ya perdida. ¿Quién lo sabe?

Los sentires se detallan en corales, en lágrimas y madreperlas sumergidas en la profundidad de las aguas siempre lejanas y siempre al alcance, entre langostas, caracoles y cardúmenes escurridizos.

La proa roza la piel. Besa la magnificencia natural de este entorno con el que ahora se enfrentan gigantescos monstruos y pequeños acontecimientos porque hoy es esa mañana ahogada, hundida y muerta.

Millones de litros de agua con sal rodean las heridas, las repliegan mientras tratan –sin éxito- de avanzar hacia las profundidades del océano.

Hay capacidad para entender, pero las olas muertas no se deciden a surgir. Reposan en aletas enterradas y bocas de cientos, miríadas de peces cuya esperanza es lejana porque la luz del faro no alcanza y solo es una insignificante referencia para las vidas que no son las nuestras.

A la distancia, alas de gaviotas.

El sonido enfrenta, agrieta, doblega la fuerza de ese huracán desconocido para tus lejanías. No hay comprensión absoluta, no hay cuerpos.

Aquí no nacen algas porque hoy es mañana y en este presente también hay criaturas desconocidas que sonríen como tú y se desplazan como tú y permanecen… como tú.

Podría ser imposible, pero en el fondo de este mar hay aún cenizas ardiendo y todas son así: intocables e incomprensibles.

Una gota marina es insuficiente y las escamas de esta alma peregrina mueren para alcanzarte mientras surges altiva entre la espuma y la fuerza y el ocaso de mi tarde, del anochecer de esta mañana nebulosa.

Sería suficiente saberte… ver a través de tus cabellos… enfrentar todas esas marejadas…

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